Acuña: las sonrisas que se apagan en la frontera

Durante septiembre pasado, miles de migrantes haitianos llegaron a la frontera entre Coahuila y Texas. Presentamos una crónica que refleja su sentir.

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En su foto de perfil, Jean luce su formidable torso atlético sin camisa, porta una gorra negra y pantalonera con estampado militar. Posa para un espejo. Detrás de él se aprecian casilleros, las puertas de baños o regaderas y una pared blanca donde se encuentra un reglamento que no sale por completo en la imagen. Jean sonríe.

Lo conocí el día que mi camarógrafo y yo llegamos a Ciudad Acuña. Al arribar nos trasladamos al campamento de migrantes improvisado en el parque Braulio Fernández Aguirre, justo a la orilla del río Bravo que separa geográficamente a México de Estados Unidos; aunque en realidad la delimitación económica es más difusa, al menos en las calles cercanas al Puente Internacional, donde el comercio se hizo para los norteamericanos que “bajan” a cortarse el pelo, comer, visitar al dentista y divertirse a cambio de pocos dólares.

Fue de los primeros migrantes haitianos que entrevisté; hablaba español, francés, portugués y entendía la lengua criolla, una mezcla de palabras vulgares de todos los idiomas y dialectos que se hablan en Haití. Nos dimos cuenta pronto que Jean, a diferencia de muchos migrantes que no hablaban español o se rehusaban a ser entrevistados, buscaba los reflectores y ya era conocido tanto por pastores cristianos altruistas, como por periodistas extranjeros que, al igual que yo, buscaban las historias humanas detrás de la crisis migratoria más importante de los últimos años.

Jean en su foto de perfil de WhatsApp

Jean Alix Plaisir dejó Haití cuando la tierra bajo sus pies perdió consistencia y todo sobre su faz se vino abajo, un 12 de enero de 2010. Más de 300 mil muertos, más de 300 mil heridos y un millón y medio de damnificados. Jean viajó como refugiado a Chile, pasó por Brasil, estuvo en Centroamérica y de ciudad en ciudad vivió estos últimos años hasta que hace cuatro meses decidió venir a México. En Tapachula comenzó su solicitud de asilo a nuestro Gobierno y, según los documentos que nos mostró por celular, obtuvo una visa temporal con la que incluso podía pedir trabajo formal.

A partir de agosto, su historia se difumina entre frases inentendibles y palabras rebuscadas, para llevar apenas cuatro meses en nuestro país, ya era bueno para cantinflear. Y no sólo Jean, en general, la mayoría de los migrantes eran poco claros sobre qué los impulsó a viajar en masa y de dónde provenía el dinero para financiar su viaje. Alcanzaron la increíble cantidad de 15 mil personas bajo el Puente Internacional y hubo un momento en que los pocos cajeros automáticos de Ciudad Acuña quedaron vacíos.

Aquella primera noche en el parque Braulio Fernández Aguirre, Jean nos contó el drama de ser perseguidos por la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos, cómo comenzó el hacinamiento bajo el puente que une a ambos países y la bondad de los acuñenses, quienes, al verlos montar aquel campamento improvisado, se volcaron a ayudarlos.

Fue cuando me compartió su número de celular. Su clave lada me reveló que lo había comprado en Tapachula, Chiapas, pero cuando le pregunté sobre su estancia en la sureña entidad, enmudeció. En el campamento también conocí a Wilson, un padre de familia que acampaba con esposa y bebé de ochos meses, quien me platicó el infierno que era vivir en aquel estado: los polleros los acosan para que los contraten bajo la amenaza de entregarlos al crimen organizado si no lo hacen, los agentes del Instituto Nacional de Migración los degradan, los golpean y humillan, si tienen familia los separan; y la población no ayuda, una botella de un litro de agua, cuyo costo es de 10 pesos para los mexicanos, a ellos se las venden en 30 pesos, un pañal para su hija cuesta hasta 50 pesos.

Jean actualmente

Durante las horas de la noche que pasamos en el campamento, el parque se vació de quienes acudieron a brindar ayuda, pero algunos periodistas permanecieron a la espera de que las autoridades mexicanas emprendieran una redada o algún operativo para detener y trasladar a los migrantes hacia Chiapas. Una noche antes ya había pasado. Los elementos de la Policía de Acción y Reacción del Estado —antes Fuerza Coahuila, y que en Acuña tienen fama de ostentar el poder de fuego, la influencia y el control como cualquier cartel de droga del país— habían interrumpido en hoteles en búsqueda de migrantes indocumentados. Escuchamos otras historias perversas: en Zaragoza, un municipio a una hora de distancia, la alcaldesa corrió el rumor de que el Ayuntamiento apoyaría a la población migrante, en pocas horas, junto a casi 200 haitianos bajo una techumbre y por la madrugada, elementos de la Policía Estatal y del Instituto Nacional de Migración los cercaron, arrestaron y enviaron de vuelta a Chiapas.

Esa noche no hubo arrestos, pero comenzó un acoso sistemático de las fuerzas de seguridad locales. Con Estados Unidos deteniendo y deportado a migrantes haitianos por centenas, el Gobierno de México estaba obligado a replicar lo mismo a cambio de reabrir la frontera, la cual llevaba seis días cerrada. Primero la Policía de Acción y Reacción intentó hacer un censo de migrantes. Aunque fue implementado por mujeres, en un intento de suavizar la presencia policiaca, los haitianos lo entendieron como una forma de calcular la fuerza que requerirían para someterlos.

La mañana del viernes 24 de septiembre se reunieron autoridades de Coahuila, el Gobierno Federal, el Estado de Texas y el Ayuntamiento de Acuña. La versión oficial fue coordinar la atención a la crisis migratoria de manera humanitaria, fuentes que acudieron a la reunión nos revelaron que el Gobierno de Texas puso un ultimátum para reabrir la frontera, los migrantes tenían que dejar la orilla del río Bravo, y sería el municipio a quien le tocaría ese trabajo.

Para el Ayuntamiento —gobernado por la UDC, fuerza política local que en otros tiempos era conocida como la “rebelde del norte” por no someterse al hegemónico Partido Revolucionario Institucional que aún gobierna Coahuila— el tiempo apremiaba. De la Dirección de Comunicación Social del Municipio nos comentaron que se estaban perdiendo 30 millones de dólares por el cierre del cruce fronterizo. Casi dos semanas después de que el Puente Internacional reabrió, el Gobierno de Coahuila informó de 68 millones de dólares perdidos por la crisis migrante. En Acuña mantienen que la afectación no superó los 40 millones de billetes verdes, pero sospechan que hubo presión de algunos empresarios maquileros para inflar las cifras.

Lo indiscutible era que la economía se había suspendido y era palpable. Desayunamos y comimos dos veces en Manuel’s, un restaurante de comida mexicana casi exclusivo para residentes norteamericanos. Una vez coincidimos con periodistas españolas y en dos ocasiones con el secretario de Gobierno del Estado, Fernando de las Fuentes. Salvo una tarde en que un grupo de 10 amigas celebraron un cumpleaños, prensa y funcionarios éramos la única clientela de aquellos días. Su dueño, un hombre amable, agradecía que sus hermanos abrieron una sucursal en Del Río, Texas, hace algunos años y ahora ese restaurante estaba abarrotado ante la imposibilidad de bajar a Acuña.

Y justo al exterior, en una sola calle de unos 80 metros, seis peluquerías lucían vacías y los empleados cazaban clientes en la calle para sentarlos para un corte de cabello de 150 pesos, la mitad del precio del otro lado de la frontera, que es lo que los hace tan atractivos para el ciudadano estadounidense promedio.

La vida nocturna ni se diga. La avenida Hidalgo, famosa por sus bares y clubes, donde no hay un género musical que predomine por la diversidad cultural de la frontera, irradiaba una tranquilidad inusual, que repercutió incluso en giros negros como la prostitución.

Con tal presión encima, el gobierno local actuó rápido, pero torpe; el viernes por la tarde, el Secretario del Ayuntamiento, Felipe Basulto Corona, se presentó en el campamento y quiso convencer a los migrantes de ser trasladados a un refugio alterno en las antiguas instalaciones de un salón de fiestas. Como rasgo casi inherente a un gobierno, el funcionario llegó acompañado de al menos 10 policías municipales, cerró el acceso a medios de comunicación y sin haberse acreditado comenzó a hablar. Los haitianos, quienes solo identificaban a Joe Biden y Andrés Manuel López Obrador como los presidentes de Estados Unidos y México, se negaron a moverse, no lo conocían y desconfiaban de él. Para colmo, llevó a una persona con características similares a las de los haitianos como traductora, pero también fue rechazada.

Pasaron cinco horas y fue un grupo de pastores americanos el que convenció finalmente a los migrantes. A las siete de la noche, casi 300 haitianos comenzaron el pequeño éxodo del parque Braulio Fernández Aguirre al salón de fiestas, una caminata de un kilómetro. Ahí, en aquel espacio de suelo firme y cuartos en obra gris, vimos por última vez a Jan.

En aquellos dos días, a Jean le habían robado su mochila con documentos, ropa, algo de comida y el cargador de su celular. No hubo denuncia, no había a quién denunciar y menos una autoridad que quisiera recibir el reporte. Callado, impotente y frustrado, consiguió un nuevo cargador de celular y aprovechó la mesa de carga que montó la Cruz Roja.

Esa última vez que platicamos, Jean me comentó que escaparía de aquel lugar, esperaría para huir por las calles tratando de evitar toparse con alguna autoridad, su intención seguía siendo trabajar en México, en Acuña, Tijuana u otra ciudad. Llevaba dos días con la misma camisa roja, una pantalonera negra y sandalias, también portaba la misma gorra negra de su fotografía de WhatsApp. Pero había dejado de sonreír.

Deric Vaquera

Reportero desde 2014. Ha trabajado en Grupo Radio Estéreo Mayrán, Radiorama Laguna y Meganoticias, además de haber colaborado como analista político para Players of Life.