Desde que soy feminista he pensado que el enojo, la rabia, la ira, el coraje (y otras emociones relacionadas) me han acompañado de manera muy natural y constante, desde experiencias individuales hasta colectivas, como el enojo ante situaciones de injusticia, han estado presentes en mi activismo. Sin embargo, hasta hace poco, al platicar con una amiga muy querida, y durante mi proceso terapéutico grupal, reflexioné sobre lo que sucede cuando nos enojamos o nos mostramos irritadas en los espacios que ocupamos, como en casa, con la familia o la pareja, el trabajo, en terapia, en marchas, en redes sociales.
Desde entonces he sido consciente de las veces que se me ha negado experimentar la ira, estar en desacuerdo o señalar situaciones que lastiman o son injustas; también de las veces que he decidido permitirme sentir y expresar ese sentimiento. Cuando esto me ha ocurrido la culpa aparece y me hace sentir la peor persona por estar molesta o incomodar a las personas de mi alrededor.
Desde la colectividad pasa igual, el ejemplo más claro son las marchas del 8M en México, donde la ira, la impotencia y la necesidad de justicia le gana terreno al miedo, lo que provoca que las marchas, cado año, sean un espacio catártico para todas aquellas mujeres con historias de violencia e injusticias, para mujeres que ya no piensan vivir con miedo, para las mujeres que piensan en el bienestar de las niñas y adolescentes y para las mujeres que dan voz a las que ya no están; y aún y con toda la legitimidad de expresar la rabia, enojo y disconformidad, las críticas y minimización de las emociones y sentípensares de quienes marchan y muestran esta digna rabia se hacen presente una y otra vez, en redes sociales y medios de comunicación tradicionales.
La curiosidad por saber y explorar un poco más sobre el tema me llevó a querer conocer la opinión y experiencias de otras mujeres. Por lo que en dos grupos de WhatsApp que tengo con amigas y compañeras activistas, lancé la siguiente pregunta: “¿Qué les dicen a ustedes cuando expresan su rabia, enojo, inconformidad e incluso ira?” Las respuestas comenzaron a llegar sin mucha demora y a continuación reproduzco algunas de ellas:
“No es para tanto”, “Eres bien dramática”, “¿Por qué te pones así?”, “¡No seas exagerada!”, “¿Otra vez con lo mismo?”, “¿Ya vas a empezar?”, “Es que las mujeres son muy hormonales”, “Estás loca, ustedes las mujeres se complican mucho la vida”, “Vieja tenías que ser”, “El peor enemigo de una mujer es otra mujer”, “¡Cómo chingas!”, “¿Ya vas a llorar otra vez?”, “¿Tienes que perdonar?”, “A ver, ándale ¿según tú cómo es?”, “Siempre te enojas, nunca te puedo decir nada”. “Vieja amargada. No te dieron, ¿verdad?”, “¡Te encanta el drama!”, “Ya no te enojes, nadie te va a querer por enojona”, “¿Para qué te enojas?, nada más ignora”, “Es que eres bien peleonera”, “Te vamos a pedir que no estés señalando a tus compampañeras (os), porque se sienten aludidas (os)”, -en el jale, cuando señalé que había favoritismo”. “Nadie quiere contradecirte porque eres bien enojona” -en el jale, se tiene que dar retroalimentación-, “te vuelves puras quejas, ya sabemos que eres la quejumbrosa del grupo” -cuando cuestionó decisiones que no toman en cuenta a los demás-, “nada te gusta”.

Poco a poco se reconocieron frases, se mencionó que el cuestionamiento las hizo sentir “Muy enojadas” al recordar situaciones en las que se minimizaba el sentir, y compartieron reflexiones como: “Les dices que lo que hacen te molesta, pero lo repiten hasta que te hacen enojar, y entonces estar enojada es culpa tuya”, “Y si yo me quiero enojar, ¿qué?, tengo derecho a enojarme cuando me hacen algo”,“¿Seré yo quién en verdad está muy mal?” o “¿Y si mejor ya no digo nada?”.
Esta última frase me hizo pensar que si no me expreso ¿a dónde se va toda está emoción y sentimiento?, ¿qué se supone que debemos hacer con todas estas emociones que experimentamos?, ¿por qué resulta tan incómodo a los demás cuando señalamos?, ¿será acaso verdad que no somos felices y preferimos que nadie lo sea? La respuesta a estas preguntas la resumiré de la siguiente manera: Porque mereces ser feliz, es importante mencionar aquello que nos lo impide, desde lo individual o lo colectivo y desde la salud mental, comprender la importancia de nombrar y expresar la emoción y sentimiento es fundamental.
Conforme he tenido pláticas con amigas, en mis procesos de terapia (individual y grupal), en grupos de WhatsApp, e incluso con pacientes, noté que mi algoritmo comenzó a hacer lo suyo y me presentó a Sara Ahmed y su blog feministkilljoys, donde desmenuza y amplia todo aquello que yo había hablado, muy por encima, desde la intuición y la queja.
Leer a Ahmed también fue reconocer las mismas quejas en otras latitudes del mundo, ¿será coincidencia que lo mismo que nos cuestionamos un grupo de mujeres laguneras también se lo cuestione una mujer británica?, la realidad es que no. Históricamente se nos ha mandado a callar nuestros sentires y un ejemplo de ello fue Olympe de Gouges, autora de La Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791). Tras la publicación del panfleto y llamar “tiranos” a los líderes revolucionarios, fue juzgada por “olvidar las virtudes de su sexo” y guillotinada en noviembre de 1793. En su sentencia, el tribunal dejó claro: “La ley castiga a quien olvida que la moderación es el único discurso femenino permitido”. Y quisiera decirles que hemos avanzado en este tema, pero aún, en pleno siglo XXI, hay mujeres que mueren por decir en voz alta lo que piensan.
Si te han pasado situaciones como las descritas con anterioridad, es importante que sepas lo siguiente: no estás “loca” por expresar y señalar. Busca tu red de apoyo o espacios seguros, en donde puedas charlar sobre las situaciones que te molestan o duelen desde la escucha activa, el respeto y la dignidad.
Norma Elena Gutiérrez
Es feminista, licenciada en psicología y maestra en educación. Trabaja con perspectiva de género. Tiene experiencia en el área clínica como terapeuta en contención y atención a mujeres en situación de violencia; como terapeuta individual ha trabajado con mujeres y hombre.