Teresa Muñoz, heroica y paciente como una sinfonía de Mahler

La formadora de artistas

La importancia de Teresa Muñoz (Minatitlán, Ver., 1967 – Lerdo, Dgo., 2024) en el medio artístico lagunero apenas se está dimensionando. Su reciente fallecimiento ha permitido a los diferentes actores comprender y aceptar su verdadera magnitud. Ya sin las envidias y sin las rispideces cotidianas, su ausencia física aumenta el alcance y la concentración simbólica de su labor, tanto artística como en la promoción de la cultura.

Sin duda Teresa poseyó un temperamento generoso. No he conocido persona que se entusiasmara más al momento de advertir el progreso de los otros. Cuando se gestaba frente a sus ojos una vocación literaria, su exaltación crecía de una forma inverosímil. En más de una vez se olvidó de escribir su propia obra para leer los manuscritos ajenos, de jóvenes escritores en ciernes, de los estilos más diversos y las aptitudes más desiguales. Su generosidad fue genuina. No soportaba las poses ni los fingimientos, los cuales por lo común se hacen con la intención de adjudicarse una falsa importancia.

Siempre creyó en el arte y la literatura como un medio de transformación espiritual. Se trataba de un hecho de vida o muerte. Desde muy temprana edad su naturaleza la obligó a dedicar su completa existencia a la escritura y la actuación. Su necesidad de analizar y comprender el mundo fueron los motivos principales. Bajo su punto de vista el arte es la consecuencia de un descubrimiento, de la develación de un enigma. No existen los atajos ni las salidas fáciles. La exigencia es alta y requiere de tiempo para concebir la obra, para madurarla. En muchos aspectos dicha perspectiva la alejó de sus contemporáneos, pues difícilmente ella daría un elogio para ser amable. Se podría estar a favor o en contra de su juicio estético, pero para Teresa Muñoz no había concesiones.

En sus talleres y cursos el método fue el mismo. A pesar de ser exigente nunca dejó de ser cálida, pues para ella el origen de la escritura era también un hecho ético, donde el cuidado y la honestidad fundamentaban el principio de esta. Hubo quienes intentaron minimizar su influencia, negarla o desplazarla de los espacios de decisión simbólica. Sin embargo, nunca cedió en su compromiso. Incluso en los últimos meses de su vida, sin importar la gravedad de su enfermedad, siguió atendiendo sus talleres en diferentes espacios, como es el caso de su taller en el Museo Regional de La Laguna, dedicado a las mujeres. Jamás aceptó convertirse en figura ceremonial. Para ella resultaba más importante ser una participante activa atenta al desarrollo de nuevas voces. Su interés por apoyar los nuevos talentos, en la medida de lo posible, fue el motor de su actividad, como si por medio de la presencia de las obras de otros escritores, la suya fuera acompañada.

Atestiguó de forma cercana las primeras etapas de escritores que con el tiempo obtendría reconocimiento local y nacional, como los son Ignacio Garibaldy López, Armando Rivera, Edgar Lacolz, Aleida Belem, Luis Carlos García Lozano, Isaac Eduardo Treviño, entre otros. Impulsó la formación de organismos independientes, y contribuyó a consolidar modelos de promoción cultural que operaron al margen de las estructuras oficiales, como lo fue la Escuela de Escritores de La Laguna. Gracias a su gestión visitaron nuestra ciudad para impartir talleres escritores como Eduardo Casar, Enrique Serna, Verónica Murguía, Alberto Chimal, Eduardo Capetillo, Ana García Bergua, Bernardo Ruiz, Teodoro Villegas y Jaime Augusto Shelley. Lo hizo sin remuneración, sin buscar legitimidad institucional y sin convertir su tarea en una forma de capital simbólico.

Aunque promovió constantemente el trabajo colectivo, un ejemplo de ello fue el apoyo que ejerció para la conformación del grupo Registro de voz, rechazó los movimientos sectarios y las estructuras cerradas. Su postura frente a las artes fue radicalmente abierta, pero nunca complaciente, hecho puesto de manifiesto en las múltiples entrevistas realizadas en su programa Lecturas prestadas en Radio Torreón, donde les dio una plataforma para hablar de su obra a escritores, filósofos, directores de teatro, actores y actrices como Oscar Bonilla, Mauricio Beuchot, Jaime Muñoz Vargas, Gilberto Prado Galán, Nadia Contreras, Lucila Navarrete, Magda Madero, Antonio Álvarez Mesta, Yolanda Natera, Adriana Vargas, Juan de Dios Rivas, Daniela Giacoman, Daniel Maldonado, Vick Medina, Raúl Esparza, Ricardo Bugarín, María Fernanda Tinajero, Alam Sarmiento, Elena Reyes, Arturo Aranda, Elena Palacios, Eduardo Cruz Vázquez, Raúl Adalid Sainz, entre otros.

Creía, sobre todo, en la capacidad creadora del individuo común. Su misión consistió en desmontar las barreras simbólicas que separan al arte y la literatura de la vida cotidiana. Volvió accesibles las tradiciones, los espacios y los saberes. Entendió que la cultura no debía ser un privilegio, sino una posibilidad compartida.

La escritora

Teresa Muñoz fue, durante toda su vida, una mujer crítica. Su carácter y su mirada sobre el mundo la impulsaron siempre a cuestionar las convenciones sociales. Incluso en su lecho de muerte conservó la agudeza y la tenacidad para señalar las contradicciones del alma humana. Por ello, su obra se inscribe en la tradición de los inmoralistas: toda su escritura se propone subvertir los valores establecidos, interpelando con especial rigor los códigos heredados de la concepción burguesa de la vida. Tanto en su narrativa como en su poesía se revela, con claridad, una voluntad persistente por desnudar la hipocresía de las buenas conciencias. En ese sentido, la voz literaria de Teresa Muñoz es una de las más poderosas que han emergido de nuestra región.

Dentro de los temas que más la obsesionaron, podemos encontrar la sexualidad femenina como forma de resistencia; el amor truncado, prohibido por las represiones familiares; la mirada como espacio de violencia y revelación; el cuerpo como lenguaje de lo vivido; y la maternidad no deseada.

Su tratamiento en los diferentes textos va desde lo fantástico hasta lo realista; desde lo erótico hasta lo abyecto; desde lo satírico hasta lo trágico. La obra de Teresa Muñoz, en volumen, puede considerarse breve. Consta apenas de tres títulos de escasas páginas, además de unos pocos textos póstumos. No obstante, la carga emotiva de sus palabras es abundante, pues en ella las cosas se dicen sin tapujos y con el conocimiento poético y humano necesario para crear historias e imágenes relevantes. El trabajo literario de Teresa le exigió a sí misma la honestidad más alta, que, en contrapartida, también exigirá a sus lectores. No es una literatura cómoda, en el sentido de que confirme prejuicios. Tampoco es una literatura de difícil acceso. A pesar de sus temáticas densas, sus palabras sobrevuelan con una ligereza admirable.

Su presencia en el mundo de las letras es necesaria. No hay, en nuestra tradición lagunera, un escritor o poeta que se le parezca. Ninguno ha abordado la sexualidad con la profundidad y la libertad de los cuentos de El fin de la inocencia (2020). No hay una novela como Días de ceniza (2022), donde el punto nodal sea la sexualidad juvenil. No hay en nuestros registros un escritor que haya denunciado, como Teresa Muñoz, la violencia contra las mujeres, como se hace en Los interminables despertares de las mariposas (2024). No existen, en nuestra tradición lagunera, cuentos fantásticos en donde la mujer sea el origen de la subjetividad. Nadie ha enlazado la atmósfera desértica con la selva como ella lo hizo. Su narrativa es, a la vez, desértica, marítima y selvática.

La actriz

No podemos olvidar su paso por el teatro. Como actriz trabajó de modo cercano con Rogelio Luevano y Nora Mannek. Participó durante los años ochenta en varios montajes, entre los que destacan Elegías de Duino, de Rainer Maria Rilke; De la calle, de Jesús González Dávila; y Yerma, de Federico García Lorca, las dos últimas estrenadas en el teatro Isauro Martínez. Posteriormente emigró a la ciudad de Xalapa, Veracruz, donde trabajó bajo la dirección de Abraham Oceransky y Jorge Castillo, entre otros.

Tras su regreso a Torreón, colaboró con artistas del prestigio de Conny Múzquiz, Rocío Luján, Tony Balquier, Eloy Delgadillo y Elena Reyes, entre otros, en diversas puestas en escena. Su estilo de actuación fue respetado por sus colegas y admirado por los espectadores, confirmando la solidez de una artista capaz de habitar distintas estéticas con igual rigor.

Como en las grandes sinfonías de Mahler, su obra no se limita a lo visible. Su verdadera dimensión se revela en la forma en que transformó el espacio que habitó. No buscó el protagonismo ni la consagración pública. Su legado persiste en las trayectorias que ayudó a iniciar, en las exigencias que supo imponer y en la conciencia crítica que contribuyó a formar. Su influencia fue estructural, subterránea. Y por ello mismo, perdurable.