Entre fechas marcadas por el dolor como El Hondo (7 de enero de 1902), Mina Cuatro y Medio (25 de enero de 1988), La Espuelita (21 de enero de 2002) y Pasta de Conchos (19 de febrero de 2006), el pueblo de Minas de Barroterán de la Región Carbonífera, Coahuila, festeja a Nuestra Señora de San Juan de los Lagos con una peregrinación dedicada a los mineros. Días después, el 2 de febrero, cansados de los aniversarios luctuosos que ha dejado la industria del carbón, los barrios y la parroquia organizarán una fiesta patronal para la comunidad.
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En estas áridas tierras norteñas, el frío se contemplaba con el adormecimiento de las manos. El viento entumía el rostro, tanto que en ocasiones se dejaba de sentir, y el chispeo fino pero constante de la lluvia daba un color grisáceo a las calles. El día había dejado huellas de sol, dando así una esperanza de calor. Pero no, porque estábamos en invierno y este clima se expresaba en las ramas de los sabinos y de los mezquites tan delgadas, despejadas de hojas y con la ausencia eterna de las aves. Mezquites vacíos, solos y abandonados.
Nada de esto fue impedimento para los peregrinos con fe de Barroterán, a pesar de que las condiciones climatológicas lo habían congelado todo era un sacrificio más que los devotos ofrecían a San Juanita.
Días antes se había organizado una cabalgata en honor a San Juanita, aquello permitió a este territorio volver a su origen. Antes de la explotación del carbón, en esta zona había haciendas y ranchos dedicados a la ganadería. Había parceleros, chiveros, vaqueros y ejidatarios. Claro, cuando el latifundio pertenecía a la familia Sánchez Navarro y ellos controlaban la totalidad de los terrenos, incluyendo las áreas naturales.

En 1867, Benito Juárez decretaba una ley para confiscar bienes y tierras a quienes apoyaban a Maximiliano de Habsburgo[1]. Fue así como estas grandes extensiones de terreno fueron decomisadas a Carlos Sánchez Navarro, para después, en 1880, se permitiera la entrada a empresas mineras extranjeras que terminaron por convertirlas en una región carbonífera.
¿Por qué si Santa Bárbara era la patrona de los mineros no había una devoción profunda en Coahuila?, pensaba en esto mientras todos se acomodaban para iniciar la marcha. Existió una mina con su nombre en La Florida y cuando esta cerró aquella santa dejó de pronunciarse. Era claro que los mineros le dieron el voto de confianza a San Juanita.
Bastó con visitar el panteón de Nueva Rosita para ver la cantidad de tumbas con imágenes de la Virgen de San Juan de los Lagos. Posiblemente su veneración en tierras carboníferas comenzó ahí, tras la derrota de la Huelga minera de 1952, los carboneros de esta localidad tuvieron que marcharse a vivir al recién fundado pueblo de Barroterán. Quizá ellos trajeron su devoción y sus primeros altares que luego se convirtieron en capilla, en el lugar donde hoy en día se encuentra la parroquia.
En la plaza principal, grupos de matachines ensayaban o acomodaban sus atuendos. Otros movían las piernas, escondían las manos bajo los brazos y se limitaban a expulsar vaho y otros movimientos para generar calor, pero estaban preparados para iniciar.





Poco a poco comenzaron a llegar otros grupos parroquiales. Era una tarde nublada, fría, casi gris, pero valía la pena estar ahí porque era la peregrinación de los mineros.
—La reina de nuestra fiesta patronal es esposa de un carbonero —me comentó una señora del grupo Emaús, antes de acomodarse para iniciar la caminata.
Algunos mineros y extrabajadores de AHMSA iban de traje para la ocasión. Hicieron guardia en el recorrido. En cada cuadra se relevaban para cargar a la virgen. Desconocía si era por el cansancio o fue un tributo consciente a su patrona.
Detrás iba el párroco del pueblo, Rodrigo Santamaría Aguilar, a quien se le pudo ver a caballo, en bicicleta o a pie, según el ciclo de rituales de la fiesta patronal, pero siempre acompañando a su pueblo.

Los parroquianos marcharon con pañuelos con los nombres bordados de los mineros que han muerto en las minas. Todos cargaban uno, no era de sorprenderse que existieran más pañuelos que asistentes a la peregrinación.
La procesión se detuvo. En medio, un hombre alto y moreno marchaba solitario cargando un estandarte con la imagen de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos. Tuvimos una conversación entre el murmullo de las rezanderas:
—¿Usted es minero?
—No. He trabajado arriba, pero nunca he bajado. Trabajaba en La Florida, en Planta Lavadora (AHMSA).
Era Salvador Gómez Salazar, quien además participaba en la organización de las fiestas patronales. Después continuó:
—Mi hermano sí trabajó en la mina y ahí se mató.
—¿En a cuál mina?
—En el Mezquite —dijo en seco.
Vi su rostro y reconocí sus apellidos. Me aproximé a decir:
—Pedro Gómez, “El Paisa”.
—Sí, él era mi hermano.
El Paisa fue minero desde los 13 años. Perdió la vida en la mina El Mezquite el 6 de abril del 2017. Su muerte estuvo marcada por injusticias, una falla sistemática que predomina aún en los pozos, cuevas y minas de arrastre que operan sin medidas de seguridad y en la ilegalidad.
La peregrinación seguía su curso. Los monaguillos, el grupo de coros con banderitas celestes, los jóvenes y una camioneta con una bocina que expulsaba: “DiostesalveMaríallenaeresdegracia … elseñorescontigo”. Ya oscurecía y el viento, los arcos, las sonajas, los tambores y las nahuillas adornaban las calles de un pueblo que la mayoría de las tardes lucía solitario.
Las mujeres conservaban la esencia católica de antaño: velos blancos, cantos resistentes ante el frío, labios humectantes cada vez que pronunciaban: “Bendita eres entre todas las mujeres”. Todas avanzaron por la avenida Madero, con los dedos engarrotados sin soltar las cuencas del rosario ni los pañuelos. Simplemente pulcras, sólo se dedicaban a caminar y alabar a San Juanita.

La devoción de los mineros incluía esa mezcla de tradiciones nativas locales y ritualidades católicas. Esto se podía comprobar por los penachos y las caras pintadas que a cada ciertos metros gritaban. Todos parecían comanches, hasta que Aarón Moreno Calamaco, director de danza San Judas Tadeo, exminero y rescatista de El Pinabete, me dijo:
—Es una danza apache, nos basamos en una tradición de aquí de la región: la tribu Kikapú de Múzquiz. Uno de los capitanes de nombre Yoed Morín es carbonero, el viejo de la danza fue minero y algunas danzantes también eran hijas de trabajadores de las minas de AHMSA.
Quizá las expresiones tradicionales más representativas en la peregrinación fueron los cuatro grupos de danzas. Y es que no se puede comprender la devoción a la Virgen de San Juan sin los mineros: así como pedían milagros rendían tributos.
El primer danzante fue minero, se llamaba Sabino Gómez Lara. Llegó de San Luis Potosí para trabajar en las minas de Múzquiz, ahí creó su primera danza. Sabino murió en 2023, pero su nieta Alejandra Gómez heredó la tradición. Ella y su danza también participaron en la peregrinación.
En Danza Santa Cruz participaron hijas e hijos de mineros, algunos de la extinta Mina VII; otros, aún carboneros. Igual en danza Reina Guadalupana.
Pero cada segundo seguía oscureciendo con un cielo morado por lo nublado y San Juanita quedaba con matices turquesas, dentro de una vitrina y sobre hombros de peregrinos. Avanzaron para pronto llegar a la parroquia.
Las danzas estrepitaron el pavimento y tapizaron de devoción los rostros benévolos de aquellos que se detenían en las calles para ceder el paso. Todos participamos de la vibración que provocaban los tambores; desde mover la punta del pie con el son, hasta imitar por completo los movimientos.

La procesión se detenía y Barroterán dejaba una piedad asombrosa, tal vez la fiesta patronal era un escape para los extrabajadores de Altos Hornos de México y sus diversas filiales. Todos sin pago, sin liquidación ni pensión.
Ellos habían ayudado a la coordinación de las peregrinaciones y las cabalgatas. Si estaban ahí era por pura fe. Se permitían por momentos reír y olvidar (desde su espiritualidad) los estragos de un pleito político, que en consecuencia afectaba sin remordimiento alguno a familias enteras. Aun así vacilaban mientras el frío dirigía la dirección de la peregrinación.
Cuando todo se tornó oscuro por completo, puntualmente a las siete, el cielo amoratado se posó sobre los danzantes, los cuales se hincaron en reverencia a San Juanita, quien entraba a su santuario. Al mismo tiempo, el campanario anunciaba su llegada, lo que provocó que una parvada de palomas ocultas en la cúpula volaran en diferente dirección.
Los danzantes dejaron sus penachos sobre la acera. Todos entraron, menos los viejos de la danza, que, como representantes del mal, no eran dignos de estar en un lugar sagrado. En el atrio, matachines se entregaban a su patrona con movimientos ágiles. Se comunicaban con miradas y con la lámina de los huaraches: era el lenguaje de la devoción para no olvidar pasos, para estar totalmente coordinados.
Cuando la danza terminó, ninguna persona se atrevía a dar la espalda a San Juanita. Simplemente los danzantes se marchaban dando pasos hacia atrás, guiándose por los bancos de la iglesia.
Antes de terminar la misa, el padre Rodrigo dio a los pañuelos como ofertorio a San Juanita. El pueblo entero pasó a dejar los nombres de los mineros a su patrona. Algunos con gestos de esperanza o con manos delicadas. Poco a poco aquellos pañuelos cubrieron a la Virgen de San Juan de los Lagos. Era una comunidad que pese a las adversidades se mantenía unida. La celebración se hizo con una fe consciente del desempleo que atravesaba el pueblo.
La fiesta patronal fue una mezcla de todo, de volver al pasado entre vaqueros y apaches y de dignificar desde la creencia y el acompañamiento espiritual la vida de los mineros y ahora, más que nunca, transmitir un mensaje de esperanza a quienes esperan una terminación digna. Los trabajadores siguieron rezando, quizá imploraban por la pronta subasta de AHMSA.
Edición: Bun Alonso Saldaña
[1] Harris, C. El imperio de la familia Sánchez Navarro 1765-1867. (2002). Charles H. Harrys III.