Los espacios públicos del centro de Torreón, Coahuila tienen un alto contraste entre los elementos que lo constituyen.
En la Alameda Zaragoza, por ejemplo, simultáneamente existen un parque para perros, juegos mecánicos y de herrería y dos memoriales dedicados a las personas desaparecidas; en la Calzada Colón hay figuras de vacas coloridas, un camellón tapizado de árboles, plantas y luces cálidas como las de navidad y, al final, en esquina con el Boulevard Revolución, se extienden cruces de color rosa sobre el césped seco, para clamar justicia por las víctimas de feminicidio.
Las cifras nos cuentan en números los hechos, pero los antimonumentos y memoriales nos presentan los nombres, los rostros y las historias de quienes ya no están; son un recordatorio de lo que no se dijo, lo que se dijo a medias, o lo que todavía está en penumbras.
De acuerdo con Erika Soto, socióloga en el Observatorio de Violencias Sociales y Experiencias Comunitarias de la Ibero Torreón, los monumentos son símbolos que buscan preservar la memoria que todo el tiempo se construye en disputa, lo que para la sociedad debe ser recordado y cómo debe ser recordado; y los antimonumentos son un mecanismo de protesta que surge desde la autodeterminación de los grupos y colectivos.
Los monumentos nos cuentan la historia oficial tal como lo hacen los libros de texto, con figuras que enaltecen a personajes célebres y destacan valores como el patriotismo, la valentía, la guerra, etc.; los memoriales y antimonumentos nos cuentan los sucesos extraoficiales que se omiten para no mostrar las fallas del Estado. Justo aquí es donde ocurre el debate entre dos versiones casi opuestas que lejos de complementarse, evidencian la poca coherencia entre el discurso de los gobiernos y los hechos.

“Es como una forma de subvertir toda esta historia oficial, en el caso de los feminicidios y en el caso de las desapariciones, en los que generalmente las autoridades han tendido a criminalizar a las víctimas, desestimar las denuncias o a quitarles importancia”, afirma Soto.
De tal modo que la toma del espacio público, a través de antimonumentos o memoriales, es la consolidación de una exigencia genuina y una forma de obligar al Estado a que reconozca que existe un problema que debe atender.
Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, son 134 mil 262 ausentes, con corte al 15 de agosto de 2026. De esa cantidad, 3 mil 693 casos son de Coahuila, y mil 48 de Torreón.
De 2008 a 2015 fueron los mayores registros, sin embargo, en 2024 ocurrió un repunte con 127 desapariciones; las cifras crecen y los casos siguen sin resolverse, mientras colectivos luchan contra el olvido y exigen que el Estado garantice los Derechos Humanos.
“Sabemos a qué nos referimos cuando hablamos de que el asesinato ya no era solamente con el uso de un arma de fuego, sino que hemos visto cantidad de atrocidades. Nos fuimos acostumbrando a que la violencia fuera cada vez más cruel y nos habituamos y la normalizamos al grado de que ya no nos sorprende la cantidad de víctimas mortales que hubo en su momento, o que en temas de feminicidio veamos el nivel de violencia que han tenido los casos recientes”, refiere Erika.

De enero de 2015 a marzo de 2026 han sido 9 mil 310 las víctimas de feminicidio en todo México, con un máximo histórico mensual de 112 víctimas en julio de 2021. Con base en el archivo de datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), Coahuila ha concentrado 192 casos de feminicidio en el periodo comprendido desde 2015 a 2025, y tres casos registrados a lo que va de 2026.
Érika plantea que la invisibilización de estas problemáticas proviene de los discursos del Estado al justificar los delitos, es decir, haciendo alusión a que las víctimas se desenvuelven en contextos delictivos o, al menos, que son culpables de dichos delitos.
Ante las negativas, los colectivos resisten y luchan para reconstruir la verdad desde su experiencia y poner en la mesa la otra realidad.
Un árbol de esperanza
El árbol de la esperanza yace en la Alameda Zaragoza como un símbolo que busca conservar la memoria de las víctimas de desaparición forzada. El 30 de agosto de 2015, las madres del colectivo Fuerzas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila y en México (FUUNDEC-FUNDEM) convirtieron un árbol en un memorial para luchar por contra el olvido.
Cuando el colectivo llegó a la Alameda, se aseguraron de encontrar el árbol más bonito, después de unas cuantas vueltas, lo ubicaron. Entonces colgaron de sus ramas listones verdes con los nombres escritos a mano, con marcadores y fotografías de los desaparecidos.

“Hay un país en el que, cuando los hijos se van a la guerra, las mamás cuelgan de la ventana un listón amarillo en señal de que ellos van a regresar; que no están, pero van a regresar porque andan en la guerra. Entonces dijimos: hagámoslo en un árbol y hagámoslo en la Alameda. Las mamás los colgaban en las ventanas de sus casas, pero nosotros busquemos un árbol. ¿Por qué un árbol? Porque un árbol tiene raíz. Y la raíz somos la familia de ellos. Tiene un tronco, tiene ramas, unos dan frutos, o sea, ese es para nosotros una familia”, responde María Elena Salazar, madre perteneciente a FUUNDEC, al preguntarle sobre la propuesta del colectivo.
El 20 de julio de 2009 comenzó la búsqueda por su hijo, Hugo Marcelino González, de 24 años. Un joven recién egresado de la universidad que en su día de descanso salió con sus amigos, sin embargo, no volvió a casa. Desde ese día, María se encargó de buscar las respuestas que no le daban en fiscalía: esperó las 72 horas establecidas para poner la denuncia, para después enfrentarse a negligencias y omisiones en el trámite.
El primer Árbol de la Esperanza se secó por un hongo. Las madres de FUUNDEC intentaron todo para mantenerlo vivo, y pese a su esfuerzo, murió. Sin embargo, los símbolos para visibilizar la lucha por la memoria fueron haciéndose más numerosos.
El árbol natural pasó a ser una estructura ramificada de metal pintado de blanco, con esferas, listones, y fichas de búsqueda; al lado, un muro de doble vista con un poema a los desaparecidos, fotografías y frases; en el puente del lago, la estructura con los nombres.
“Para nosotros es mantener su memoria. Memoria viva de que no les debió pasar lo que pasó. Es estar teniéndolos presentes en estos espacios. Yo debo tener algo en el presente, aunque él no esté, siempre estará en el presente para mí”, menciona María Elena.

De acuerdo a la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR), el comité declaró que no se ha observado una mejora en el panorama actual del país en materia de desapariciones. Su comunicado de prensa México: Un comité de la ONU solicita a la Asamblea General que examine la situación de las desapariciones forzadas menciona: “Las autoridades siguen desbordadas por la magnitud de la crisis, y siguen siendo urgentemente necesarias reformas estructurales para prevenir las desapariciones y garantizar la rendición de cuentas”.
María Elena apunta que el árbol de la esperanza no sólo visibiliza o señala lo que no se dijo, también es un esfuerzo conjunto por erradicar un problema que está lejos de acabarse.
“La desaparición de Hugo me ha convertido en seguir luchando, en seguir pidiendo que no sigan pasando las cosas, que, si bien a nosotros ya nos pasó, no queremos que sigan pasando y que nadie más lo viva y menos que esto siga”, dice la integrante de FUUNDEC.
La exigencia de espacios para recordar
Grupo VIDA propuso después otro memorial para los desaparecidos. Alrededor de 277 nombres están inscritos en las rejas de metal de la estructura, a un costado del lago artificial. También, lonas que penden de ellas con fotografías apiladas, rezando leyendas como “Las madres ya no lloran, ahora luchan” o “Nos quitaron tanto que ya no tenemos miedo”.
Silvia Ortiz, una de las madres fundadoras del colectivo, fue la mente detrás de este memorial. Una vez, una joven que buscaba a su hermano, le pidió que estuviera presente en el trabajo de búsqueda, y encontró “lo que tenía que encontrar”, cuenta Silvia.

Pese al descubrimiento de ese día, las familias no recibieron los restos de sus seres queridos. Esto provocó en ella la necesidad de establecer un espacio para todos aquellos a quienes no les han entregado respuestas.
“Queríamos un memorial diferente, un memorial no común. La elaboración del diseño costaba dos millones de pesos, pero obviamente el gobierno no quiso. El proyecto original tenía al centro una flor y era muchísimo más estructurado que lo que finalmente quedó. Tenía bancas y nos las quitaron”. Apunta Silvia.
La estructura funge un papel más allá de protesta y lucha por la memoria, es un espacio simbólico en donde los familiares pueden poner globos, flores, llevar pasteles, festejar cumpleaños y cantar las mañanitas.
“Fue muy importante para nosotros hacer esto y que la sociedad comprenda qué significa para nosotros. Ese es nuestro lugar, no podemos ir a un panteón porque no sabemos si están muertos. Es el único espacio que tenemos donde podemos ir, platicamos ahí con eso, es un pedazo de lámina, pero para para muchos de nosotros es algo que significa que ahí están”, continúa Silvia.
Para ella, los memoriales de la Alameda son un recordatorio para las autoridades de su incapacidad de garantizar seguridad, y para la ciudadanía sobre lo que sucede en la comunidad. También es el recordatorio de que hay personas que faltan en casa.
“Es una forma de evidenciar la impunidad y la falta de justicia. Y es ponerlo justo en espacios públicos donde la sociedad tenga que estar viendo permanentemente estos recordatorios de que las cosas no están bien. Mientras el Estado pretende borrar, ellos dicen que aquí hay un problema que no está resuelto y que, si el Estado no va a hacer nada, al menos la sociedad tiene que estar consciente de que esto es un problema y que de alguna manera se tiene que actuar ante ello”, señala Érika Soto respecto a los memoriales como territorio de disputa.
Recordar la deuda de la violencia contra las mujeres
Otro recordatorio inminente de que aún no ha cesado una de las formas más graves de violencia hacia las mujeres, es, sin duda, el antimonumento de la prolongación Colón, instalado en 2021.

“Surgió por motivo a que las instituciones no nos hacían caso, para que nos pudieran hacer caso, pusimos las cruces ahí”, señala Cristela Soto, integrante de Madres Poderosas.
Daisy Viridiana, hija de Cristela, fue víctima de feminicidio el 16 de julio de 2016 en Torreón.
El proceso legal y la búsqueda de justicia han sido jornadas extenuantes con muy poca disposición por parte de las autoridades correspondientes.
Las Madres Poderosas, como colectivo, se han acompañado para presionar a los gobiernos y velar por los derechos de sus hijas; algunas veces a modo de asesorías sobre procesos legales, otras con recursos económicos y, en otros casos, tomando las instituciones con protestas para exigir que se les escuche.
Las cruces instaladas por Madres Poderosas, son un claro ejemplo de cómo el espacio público es la arena de disputa política, puesto que las cruces exponen al feminicidio como delito vigente en nuestra sociedad, a la par que exige justicia a los altos mandos, al estar cerca de una dependencia como el Instituto Municipal de la Mujer.
“No quieren que la gente se dé cuenta de que hay feminicidios, porque lamentablemente aquí no lo catalogan como feminicidios, por eso dicen que Torreón es libre de violencia. Sí, pero porque no está registrado tal como es y no porque no pase”, refirió Cristela.

La hechura de antimonumentos atiende al criterio de grupos y colectivos, el tamaño, el material, las formas y el lugar, suelen establecerlos ellos mismos; su misma naturaleza permite no preguntar a ninguna autoridad para ocupar un espacio e intervenirlo, y de este mododecirle a los demás que falta justicia.
Cada cruz rosa fue hecha por parte del colectivo Madres Poderosas. Madera y Triplay que ha sobrevivido a los riegos de Servicios Públicos, al sol intenso de La Laguna y a demás inclemencias del clima.
Cristela Soto relata las negativas de las instituciones, desde querer quitar las cruces por dar un “mal aspecto”, desgastarlas con agua, hasta incumplir la promesa de reforzarlas. Aun así, el espacio ha significado un lugar de encuentro y punto de partida para visibilizar el feminicidio.
Los memoriales y antimonumentos evidencian la tragedia y la falla en la narrativa que manejan los gobiernos, sí, pero también hacen visible la resistencia de quienes luchan por la justicia y la capacidad de reivindicar espacios para darles un sentido que cohesione a la comunidad a través de lo que la pasa a las ciudades.

Silvia Ortiz compartió la próxima iniciativa a cumplir en Patrocinio, el lugar más grande donde han localizado restos humanos:
“Es enorme. Han hablado tanto del Rancho de Teuchitlán de Jalisco, pero caben 63 Teuchitlán en Patrocinio. Para que te imagines la dimensión del lugar. Yo quiero quitarle ese concepto que ha tenido por todos estos años de que ahí hubo muerte. Quiero cambiarlo y quiero que sepan que esos espacios no deben de ser utilizados para la muerte. Tenemos que terminar de recuperar todo lo que hay ahí para poder realmente crear la idea que traigo: que sea una especie de recordatorio de que lugares como Patrocinio fueron utilizados para la muerte y que, al contrario, pueden dar vida”.