Memoria huérfana

“La patria debe amarse”, también me decía mi abuela, como si fuera un niño que no tiene otra opción más que agradecer por lo que se le da y sin haberlo elegido.

Presentamos un cuento de Grecia Nazareth Pérez.

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Muchos se preguntan el motivo de su existencia por los actos que les trascenderán. Como ser alguien con suficiente dinero para no preocuparse de endeudar a los suyos después de la muerte.

Para mí, hay razones que menguan más la libertad que el no poder ser rico: esta patria.

Recuerdo estar parado en el patio cívico sudando por el árido ambiente, tratando de entender por qué ese verde representa la independencia del país si sólo es el tono de los árboles. No me nacía darles honor a esos extraños significados puestos en un trapo, pues ¿qué valor tiene una tela si no es para quitarte el frío?

Entonces, venía el castigo:  

—¿Por qué no estás saludando, Antonio? —me gritaba el prefecto para reforzar que yo hacía algo incorrecto.

—Porque no estoy de acuerdo —contestaba firme y sereno.

—No se trata de que estés de acuerdo, debes mostrar respeto. Aquí no toleramos rebeldes —y me apretaba el brazo para llevarme al frente de la fila.

Ya ves, cuando eres adolescente piensan que lo haces para retarles; nunca importa cómo llegaste a esas inquietudes. Si no te podías justificar con una razón más seria para ellos, como practicar una religión extraña, te fregabas.

“La patria debe amarse”, también me decía mi abuela, como si fuera un niño que no tiene otra opción más que agradecer por lo que se le da y sin haberlo elegido. Pero ella lo exigía con tanta gana que parecía olvidar que le dejaron sin padre, que se lo mataron sólo por negarse a ceder sus tierras para unas vías del ferrocarril.

Para mí, ser mexicano era nada. Y aunque ese “nada” era tan liberador, en cada etapa de mi vida me hicieron sentir peor que infanticida. Un sucio traidor por no sentirme orgulloso de raíces indígenas que no tengo: “¡Malinchista! Te crees superior nomás porque eres güerito”, y yo sólo me reflejaba en la piel de mis padres, una mezcolanza que los demás también compartían. A eso me atenía para no seguirles el juego.

Pero aquellos males son insignificantes comparados con el daño que este país me hizo: me desapareció a Isabel un día calmo y rutinario.

Ella caminaba de regreso a casa por el maldito baldío de nuestra colonia. No debía pasar algo anormal en plena tarde, no a mi Isabel que hablaba conmigo por teléfono creyendo que así la cuidaba… hasta que dos voces intrusas la alcanzaron. Mi esposa imploraba que no la subieran, lloraba forzando la garganta y yo reaccioné al escuchar “¡Antonio, ayúdame, por favor! ¡Ven por mí!”. Fui por ella arrastrando el alma, pero al llegar al baldío ni su aroma se retuvo en las yerbas.

Llamé a la policía para que dieran rápido con cualquier coche sospechoso y me encontré con un trato humillante. Cuestionaron nuestra relación, si ella se dedicaba a la prostitución o si tenía un amante que le quisiera hacer daño. No les importó su inocencia y mi dolor. Es algo que han visto tantas veces que yo sólo era un ciudadano con un problema e Isabel, sólo otra invisible.

No sé quién me la quitó. No sé en lo que se convierte la vida cuando te fuerzan a aceptar los males de otros y que esa desgracia ni siquiera tenga un rumbo para ahogarla.

Ni siquiera hay un juicio que me alivie un poco su pérdida porque nadie la encuentra. No sabemos si está sola, si aún respira o si la enterraron en tierra abandonada. No tengo un cuerpo al cual visitar para calmar la incertidumbre, porque si yo la tuviera aquí, entonces su muerte significaría que se liberó del sufrimiento.


Enfrentar el día a día en esta patria donde nadie te protege es mil veces más horrible que morir. No puedo depositarle fidelidad a una tierra que, de ser simplemente nada, ahora se convirtió en dolor.

“¿Y entonces por qué no te largas de aquí?”, me reclaman con coraje como si esto se tratara de una secta que expulsa al que se atreve a odiar. No respondo, aunque quise irme hace mucho tiempo. Mi corazón sabe que al quedarme aquí, sosteniendo el mismo cielo que ella disfrutaba, su esencia me durará más que todas las fotografías que he besado para reencontrarla.

Grecia Nazareth Pérez

Leonesa, 1994. Escribo sobre historia, música y arte en general. Poesía desde adolescente y cuento como principiante.