El domingo 30 de agosto, el colectivo FUNDEC-FUNDEM, junto con otros grupos ciudadanos, conmemoraron el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Se celebró una misa por el obispo emérito Raúl Vera; se realizó una marcha-peregrinación; una puesta en escena de danza aérea; y la restauración de las fotografías que cuelgan del Árbol de la Esperanza en la Plaza de Armas de Saltillo, Coahuila.
En frente del Árbol, bailarinas solidarias de la compañía “Pasos Firmes” demostraron su destreza y habilidad en la danza aérea en apoyo y acompañamiento a las y los familiares que atraviesan una pérdida por la desaparición de un ser querido.
Al presenciar las danza y las fotografías, me di cuenta de que no era solamente una puesta en escena, sino una disputa por reapropiarse y resignificar el espacio público. La Plaza de Armas dejó de ser un “no-lugar”, tampoco era solamente un “lugar de memoria”, pues la intervención artística evocó la presencia de la ausencia a través de la danza.
La exposición al riesgo de los cuerpos de aquellas jóvenes e infantes bailarinas materializó la creatividad que pensó la filósofa María Zambrano, al sostener que la creación surge como la única respuesta capaz de desmantelar la lógica de represión del poder totalitario y el racionalismo dogmático que opera mediante el control, la imposición y la asfixia de la vida.

Con un sol que quemaba, que incomodaba, como una alegoría a las búsquedas en campo que los colectivos de familiares de desaparecidos realizan en México, las danzantes aéreas demostraron con sus cuerpos la fuerza que no oprime, sino que es creadora de formas artísticas en resistencia a la lógica de sometimiento.
Las danzas flotantes fueron musicalizadas con temas de diversos géneros, como el rock de Caifanes, con la canción “Antes de que nos olviden”, con un folk pop como “Hasta la Raíz”, de Natalia Lafourcade, o el tema de Intocable “Día 730”, representaron la lucha por resistir en una búsqueda que tiene todo en contra.
Para un ojo poco entrenado en las artes escénicas como el mío, lo que pude presenciar en ese momento al observar a las jóvenes artistas, fue totalmente guiado por los versos de estas canciones.
Sus cuerpos comunicaron el dolor, el amor, el constreñimiento, los recuerdos, el riesgo, la promesa de no olvidar, los relatos de otros familiares, la destreza, la valentía, el enojo, la tristeza, y así hasta decir lo innombrable, porque la ausencia es imposible de simbolizar adecuadamente.
Quizás a eso María Zambrano se refería con resistir al poder no combatiéndolo con su misma violencia ni con su misma lógica, sino oponersle con la creación. El poder destruye y petrifica; el acto creador engendra vida, restituye los recuerdos y devuelve la dignidad a la condición humana.
La respuesta creativa a las múltiples represiones es, para Zambrano, la palabra poética o filosófica desarmada: un habla que no impone verdades absolutas. Crear nuevas formas de decir es, por lo tanto, la forma más radical de impedir que la política degenere en tiranía.