La noche más larga. Tres sobrevivientes laguneros de la matanza de Tlatelolco

Crónica ganadora del Premio de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre” 2019 y publicada en el libro “Regresar del silencio”.

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Agosto
Son las 5 de la tarde y es martes 27 de agosto. Del Museo Nacional de Antropología e Historia parte un multitudinario contingente de estudiantes al que se han sumado obreros del gremio petrolero y electricista. Llevan mantas con consignas de apoyo a la libertad de los presos políticos. Una hora atrás, tanques del Ejército habían atravesado Reforma en dirección al centro de la capital. La indignación se agolpa rápidamente hacia el zócalo. El ocaso anuncia el comienzo del mitin: con el permiso de un sacerdote algunos jóvenes suben la espadaña de Catedral para quebrar campanas; mientras, en la plancha se da lectura a un poema de Isaías Rojas, estudiante preso en Lecumberri.

Casi 600 mil personas se han abarrotado en la plaza principal de la Ciudad de México. Los jóvenes gritan “Muerte al charrismo sindical”, “Derogación del artículo 145”, “Únete pueblo, no nos abandones”. En el hasta se ha colocado una bandera rojinegra en representación del movimiento. Es noche de fiesta y la vanguardia estudiantil la protagoniza; es noche de anhelada democracia, de la que es testigo el jovencísimo editor de 28 años, Saúl Rosales Carrillo, trabajador de la Imprenta Madero de Editorial Era.

La noche que se propuso que la pasáramos en el Zócalo yo me fui con mi amigo el dramaturgo Enrique Ballesté, con Alejandra Zea y otro par de amigas. La plaza estaba tomada y ese acto fue histórico porque solía ser receptáculo de manifestaciones a favor del gobierno. Esa noche alguien empezó a gritar, a advertirnos que venía el ejército; había una buena dosis de paranoia dentro de nosotros. Yo pude decirles: “siéntense, siéntense”, con mucha autoridad. Nos retiramos temprano porque al día siguiente yo tenía que trabajar; yo no era estudiante, yo era un asalariado y mi turno de trabajo era de 7 de la mañana a 4 de la tarde. Pero tenía muchos amigos de la UNAM, con quienes me involucré en el movimiento. Creo que lo más importante de la toma del zócalo es que nos enseñó que las calles y las plazas podían ser nuestras, que podíamos tener voz ante la colectividad a la que pertenecíamos. (Saúl Rosales)


Entre la muchedumbre también se encuentra el avezado publicista y estudiante de pintura de la Academia de San Carlos, Tomás Ledesma, originario de Torreón. Lo acompaña su amigo Salvador Martínez Carrera, a quien le sorprende la enorme convocatoria de la marcha. A lo lejos escuchan a los huelguistas que anuncian un plantón en la plaza hasta que se solucione el conflicto. Llega la medianoche: policía, bomberos y ejército desalojan por la fuerza a los estudiantes. Dos días después los médicos entran en huelga.

Hubo varias marchas. Me acuerdo que la del 27 de agosto fue monumental. Estábamos todos en el zócalo y nos apagaban las luces. En el centro de la plancha estaba el camión del Poli con los oradores, entre ellos Eduardo Valle “El Búho”, que después sería gran amigo mío. Él cerró el discurso en el que conminaba a que buscáramos el diálogo con el presidente. De pronto empezaron a iluminarnos con reflectores y alcanzamos a ver a muchos francotiradores desde Palacio Nacional. Decíamos en broma que nos estaban cuidando. Se formó una comisión para el diálogo y se quedó una buena cantidad de gente, pero empezaron a llegar los tanques y nos obligaron a desalojar por la calle de Madero. Los bomberos nos echaban agua. No permitieron que se quedara el plantón. Eso fue el 27 de agosto. (Tomás Ledesma)

Dos meses atrás, el 26 de julio, se realizaba una marcha en conmemoración por los cinco lustros del asalto al Cuartel Moncada, semilla de la Revolución cubana. La indignación estudiantil era muy grande: cuatro días atrás un cuerpo de granaderos allanaba la Vocacional 5 con el propósito de sedar a golpes un altercado entre estudiantes del Politécnico y la preparatoria privada Isaac Ochoterena. El 23 de julio la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Chapingo, el Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Iberoamericana y la Escuela Normal Superior paran labores ante las medidas brutales que el gobierno estaba tomando con los estudiantes. Conforman el Consejo Nacional de Huelga con representantes de cada escuela y facultad. El saldo de la marcha de aquel 26 de julio fueron varios centenares de heridos y detenidos. Nunca antes se había ocupado el zócalo para clamar por un alto a la represión.

El país estallaba. El Partido Revolucionario Institucional tenía un largo historial de control de acero. Las garantías individuales estaban comprometidas, la libertad de expresión también. La huelga ferrocarrilera de 1958 y 1959, el movimiento de médicos en 1964, la insurrección de maestros rurales del 26 de julio de 1965 en Ciudad Madera, Chihuahua, y las luchas por las reformas en Puebla en 1962 y en la UNAM en 1966 confluyen en el verano de fuego del ’68, cuando Gustavo Díaz Ordaz ofrece la imagen de una nación próspera y en paz, en el contexto previo a la celebración de las Olimpiadas. Para el 4 de agosto el Consejo Nacional de Huelga da a conocer los 6 puntos de su pliego petitorio: 1. libertad de los presos políticos; 2. destitución de los generales Luis Cueto y Raúl Mediolea; 3. extinción del cuerpo de granaderos; 4. derogación del artículo 145 y 145 bis del Código Penal; 5. indemnización a las víctimas de la represión; 6. deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios involucrados en el ejercicio de la violencia en contra de los estudiantes.

La influencia ideológica internacional que hubo a favor de las revoluciones por el triunfo de los guerrilleros en Cuba estuvo en la mente de muchos de los que participábamos en el movimiento. Pero nosotros no pretendíamos hacer una revolución, menos una socialista; aspirábamos a que se respetaran las escasas libertades democráticas, tan coaccionadas en ese momento con los artículos 145 y 145bis. Usar el ejército para suprimir movimientos sindicales era muy frecuente. Durante la huelga ferrocarrilera de 1958, por cada maquinista o fogonero había un soldado detrás para garantizar que no dejaran de trabajar. De ahí que en las marchas se demandara la libertad a los presos políticos, y destacadamente a Demetrio Vallejo y Valentín Campa, líderes ferrocarrileros que tenían 12 años recluidos. No hay que olvidar que históricamente los estudiantes han sido vanguardia de los movimientos populares. Yo participé como un número más en la masa movilizada. Mi nicho fue la Facultad de Filosofía y Letras. Yo tenía mucha inclinación por la literatura y era corrector de pruebas en la Imprenta Madero, así que me encomendaron redactar volantes porque tenía habilidad para escribir. (Saúl Rosales)

Las paredes, los pasquines y las mantas se convierten en medios alternativos de expresión. En las escuelas de artes, como la Nacional de Pintura y Grabado la Esmeralda y la Nacional de Artes y Diseño, estudiantes y profesores madrugan para avocarse exclusivamente a la producción de engomados y carteles con mensajes para alertar, llamar e informar a la ciudadanía, ante la creciente censura. La bayoneta, la paloma ensangrentada, las cadenas sobre la boca, el logotipo intervenido de las Olimpiadas, la “V” en señal de victoria y la imagen del Che visten de indignación a la capital. Nunca antes la gráfica había sido tan política. En ese tiempo un muchachito de origen lagunero, Alonso Licerio, estudiante de la Escuela de Artes y Diseño y de la Esmeralda, se suma al paro y se solidariza con las escuelas que no pueden imprimir sus propios volantes.

Chapingo, la Escuela Nacional de Agricultura, la Escuela Normal Superior, el Instituto Politécnico Nacional y otras instituciones no tenían manera de imprimir grabados ni volants, entonces en la Esmeralda trabajábamos día y noche para sacar una producción de engomados para estas escuelas, y lo hacíamos rodeados de granaderos. Estos grabados los pegábamos en las entradas de cine, en los autobuses, en los trolebuses, en las plazas, en los mercados. Los grabados los hacíamos en las escuelas. (Alonso Licerio)

Septiembre
Para mediados de septiembre la represión recrudece. Enfrentamientos entre policías y estudiantes derivan en una toma violenta de Ciudad Universitaria por parte del Ejército. El rector de la máxima casa de estudios, José Barros Sierra, dimite de su cargo en solidaridad con los estudiantes y en rechazo a las demandas oficiales de contener la agitación. A pesar de la tensión y del riesgo que se respiran, los mítines y el brigadeo continúan.

A mí me toca llevar un paquete de más de quinientos grabados-engomados a la escuela vocacional que estaba frente al reloj de Bucarelli. Había un mitin de información al interior de la escuela. Llego, entrego los grabados, y saliendo ya estábamos rodeados de autobuses de granaderos. Nos levantaron a quienes estábamos ahí. Esto fue la última semana de septiembre. Nos llevaron primero a la sexta delegación pero estaba llena. Nos llevaron a otra y estaba llena. Nos dimos cuenta que se estaba sembrando el terror en el país. Recorrimos varias delegaciones y alrededor de las 10 de la noche nos entregaron al cuartel de granaderos en las calles de Luis Moya, en el centro histórico. Al entrar nos pidieron nuestros nombres, nos quitaron todas las pertenencias. Algunos compañeros iban con los pies reventados por los culatazos. Nos repartieron en las celdas del primer piso. Yo recuerdo a ocho compañeros en una celda de dos literas. Ahí estuvimos durante una semana. Había un comedor, la enfermería y oficinas. A las 11 nos sacaban al patio al sol. Yo llevaba un diario pero por cuestiones dolorosas lo eliminé. Un compañero que tenía su pie muy lastimado pasó a enfermería y al regresar nos dijo que anotáramos nuestros nombres y teléfonos porque había negociado con el director de la prisión que habláramos con nuestros familiares. Yo no lo hice porque mi familia estaba en Torreón y hubiera sido terrible avisarles. Entre los presos estaban estudiantes de la Nacional de Maestros, ¡unos chamacos!, y estudiantes de la Escuela de Música del Conservatorio, a quienes les quitaron sus instrumentos musicales. A los ocho días salimos como a las ocho de la noche Mientras salíamos llegaban otros autobuses con más estudiantes. (Alonso Licerio)

La matanza
Es lunes 30 de septiembre. El ejército desocupa CU. Al día siguiente los estudiantes celebran varias asambleas y se decide no volver a clases hasta que las demandas estudiantiles sean escuchadas. Por la mañana del 2 de octubre representantes del CNH se entrevistan con los emisarios de presidencia, Andrés Caso y Jorge de la Vega. Se convoca a un mitin vespertino en la Plaza de las Tres Culturas. La expectativa del diálogo con las autoridades aglomera a más de 15 mil personas. Son las 15:30 de la tarde y en la plaza hay periodistas nacionales e internacionales, estudiantes, ferrocarrileros, electricistas, amas de casa y familiares de los desaparecidos por la represión.

Ese día yo salí de trabajar, almorcé rápido, agarré el trolebús y me fui al mitin. A medida que íbamos llegando al centro se hacía más difícil transitar y nos dejaron a la altura del Teatro Blanquita. Nos fuimos caminando hacia Tlatelolco. Íbamos tarde. Vimos que la gente corría. Venían aventando pedradas, se oían disparos. Nos metimos a un café de chinos frente al teatro. Entramos y cerraron la persiana. Oímos disparos, gritos, patadas, balazos. No salimos hasta que se hizo de noche. Yo tenía la costumbre de reunirme con mis amigos en el Café Habana, era el centro de reunión de toda la izquierda y de los periodistas. Ahí me fui y se sentía la tensión y el terror. Vimos el noticiero de Jacobo Zabludovsky que abrió su programa informando que había habido un zafarrancho en Tlatelolco con un saldo de 20 muertos. Después corrigió esta información y dijo que no, que no habían muertos. (Tomás Ledesma)

El 2 de octubre un compañero tenía un pequeño estudio en el callejón de Dolores, sobre la calle López en el Barrio Chino. Era nuestro punto de reunión porque teníamos un pequeño mimeógrafo que nos servía para manifiestos. Ese día unos compañeros y compañeras estaban imprimiendo volantes que íbamos a repartir. Por alguna extraña razón llegamos tarde a la plaza y el mitin ya había comenzado; estaba lleno totalmente. Vimos muchos jeeps alrededor, pero siempre habían en toda la ciudad de México. No nos quedó más que quedarnos en los limites de una escuela vocacional, al norte de la plaza, replegados en el muro. Casi no escuchábamos a los oradores, pero la concentración era muy esperanzadora porque ya se iba a reunir el Comité de Huelga con las autoridades. Yo no vi la luz de bengala. Recuerdo los disparos y los gritos “¡nos están matando!” y la estampida, los pisoteos. Mi compañero y yo corrimos hacia la derecha, hacia una calle que da al estacionamiento de los últimos edificios del norte. Salí y no voltee para atrás. Pensé que era una pesadilla. La angustia más terrible que he vivido. Fui a salir más o menos por Canal del Norte y me recuerdo caminando por las calles del Carmen, solo y tratando de entender qué pasó. Caminé y llegué otra vez al estudio de Dolores. A mi compañero lo perdí. Algunos fueron llegando poco a poco y cada quien daba noticias. Habían grandes silencios, no se hablaba y se volvía otra vez a hablar. Eso fue el 2 de octubre, la noche más larga, después vendrían los días más tristes. (Alonso Licerio)

El tiroteo prosigue entrada la noche. El ejército ocupa varios edificios. Líderes del CNH han sido capturados y trasladados al Campo Militar No. 1. El operativo ha sido ejecutado por cerca de 500 soldados con armas de guerra. La cifra de muertos se oficializa en 26; en los hechos fueron 325.

En 1973, un amigo que trabajaba en una agencia de publicidad que se había casado con la hija de un militar, me dijo que su suegro había pertenecido a la aviación y en octubre del ’68 hizo 2 o 3 viajes al Golfo de México a tirar cadáveres. (Tomás Ledesma)

Es jueves 3 de octubre. Senado y Presidencia justifican plenamente la intervención en beneficio de la paz y la integridad de las instituciones del país.

Epílogo
Una buena proporción de los jóvenes del 68 teníamos concepción de futuro, de compromiso con la humanidad, ya no sólo con la nación. Se pensaba en términos heredados de la revolución rusa: construir un hombre nuevo. (Saúl Rosales)

A mí seguido me dicen que deje de pintar gente desvalida, de la calle, porque eso no vende. Casi todo lo que hago tiene motivos ideológicos. Yo no pinto para vender. Me interesa retratar el hambre, al obrero. Todo esto se lo debo al 68. (Tomás Ledesma)

El 68 me enseñó que el arte es político. Nos enseñó el arte de comunicar con pocas palabras. Yo atravesé el Niágara el 2 de octubre. El deseo de que salga el sol en este país, de moverse y desplazarse con libertad y esperanza es la llama que nos dejó el 68. Nosotros cambiamos el idioma: hubo una escuela realmente abierta que construimos en nuestra generación. Ningún gobierno fascista ametralla a estudiantes borregos, ni encarcela al rebaño. (Alonso Licerio)

Lucila Navarrete Turrent

Investigadora, docente y periodista cultural originaria de Torreón, Coahuila. Cursó su Maestría y Doctorado en Estudios Latinoamericanos en la UNAM. Desde el 2016 colabora periódicamente para revistas y medios regionales y nacionales como Casa del Tiempo, Acequias, Milenio Laguna, Vanguardia, La Plaza Pública y Red es Poder. Ha sido acreedora en dos ocasiones (2019 y 2021) del Premio de Periodismo Cultural que otorga la Universidad Autónoma de Coahuila. Recientemente publicó su libro Regresar del silencio (Celosía / Escritores del Noreste / UAdeC, 2020).