Magda Briones: la activista que bailó en el desierto

La danza la llevó a tocar la sensibilidad de quienes admiraron su arte y su activismo agitó las conciencias de personas que, como ella, buscaban el bienestar de su región.


El desierto lagunero parió a una mujer insurrecta que se convirtió en una huerta: sembró ideas, cultivó arte e hizo brotar la conciencia. Magda Briones Navarro germinó entre surcos y abrió grietas en la tierra árida para hacer florecer convicciones, sueños e ideas.

Hace cuatro años la lagunera se desprendió del mundo terrenal, a la edad de 95 años, pero su ausencia no se tradujo en silencio. El eco de su existencia persiste en las causas que defendió, en las personas que tocó a través de su danza, de su arte, y en los archivos vivos que la dibujan como una mujer desafiante, incansable, preocupada por su entorno y sus habitantes.

Magdalena Briones supo reinventarse muchas veces, pudo ser una noa, un cardenche, una flor; un atardecer en Jimulco, una bailarina excelsa, una manifestación; una agitadora de consciencias, una paleta de color.

Escribir que fue una activista que bailó en el desierto no es una metáfora poética, sino una manera precisa de nombrarla. En su gesto confluyeron el cuerpo en movimiento como trinchera, el arte como forma de protesta y el territorio como escenario de lucha. En esa intersección entre acción, causa y paisaje, Magda Briones no solo sembró preguntas: dejó, en quienes la conocieron y la vieron crear, una huella profunda.

Magda Briones destacó en el ámbito cultural local con exponentes como Rogelio Luévano. Foto: Cortesía

Alguna vez escribió en una de sus columnas, publicadas durante un tiempo en un diario local, que: “Todos tenemos riquezas que aportar y siempre será más satisfactorio dejar jardines que eriazos tras nosotros”.

Y debido a ello este texto intenta hablar de los huertos que dejó Magda Briones a través de las voces de quienes la conocieron y también por medio de las letras que ella misma dejó como herencia.

TRAZO NARRATIVO DE SU BIOGRAFÍA

Narra la periodista Adriana Vargas en el libro Magda Briones: por amor a la danza y a la tierra, publicado en el 2013 por el Ayuntamiento de Torreón, que a la maestra no le gustaba hablar de sí misma.

La idea la confirma el doctor Carlos Jesús Gómez Flores, quien la conoció desde la cercanía doméstica y el afecto sostenido durante más de una década: “Hablaba poco de sí misma porque lo hacía a través de sus acciones”.

En la intimidad, lejos del personaje público, Magda tenía otra dimensión. No era sociable, dice Gómez Flores, aunque su espíritu de activista hiciera pensar lo contrario. Elegía la soledad como método. Conversaba mejor en privado. Escuchaba mucho. Y escribía todos los días.

Nacida el 16 de septiembre de 1926, en Durango, y criada desde los dos años en Torreón, Coahuila, hija de José Briones y María del Refugio Navarro, doña Cuquita, Magda creció entre linajes políticos, terratenientes y una educación rigurosa.

Magda Briones a los 22 años en un paraje lagunero. Foto: Cortesía

Provenía de una familia aristocrática, pero, según su amigo, rompía silenciosamente con el privilegio: hacía las faenas de su casa, respetaba profundamente a quienes trabajaban con ella y defendía la autosuficiencia como una forma de dignidad.

Hasta los 93 años condujo su propio automóvil, recuerda Carlos, que al mismo tiempo revive los rincones de la casa de ella, era un refugio, expresa: había espejos, libros, fotografías de quienes amó y una mesa siempre dispuesta con libretas abiertas.

Desgastó cuadernos enteros en la escritura de un libro que no alcanzó a concluir que, en sustancia, contenía un mensaje urgente para la comunidad lagunera sobre el bien común.

En entrevista con Adriana Vargas, la maestra lo dijo sin rodeos, con ese libro quería advertirnos “cómo nos estamos yendo a la ruina total”.

El eje del material sería el medio ambiente, una causa que defendió hasta el último día de su vida. Magda amaba lo verde: conversaba con las plantas y cuidaba el agua con una devoción casi sagrada.

Si veía a alguien desperdiciarla lo encaraba, incluso en el esplendor de sus noventa años. Para ella el agua no era un recurso, sino un principio ético. Fue, afirma Gómez Flores, una de las primeras voces ambientalistas del país en advertir el deterioro de la cuenca lagunera y las consecuencias del arsénico en la salud pública.

Refiere que quienes la veían caminar percibían a una diva, pero quienes la conocieron de cerca entendieron que su fortaleza no era vanidad, sino conciencia del cuerpo como una herramienta política.

Lo usó como protesta. Carlos trae al presente el momento artístico cuando su amiga se vistió de luto en la laguna desecada de Mayrán. En ese lugar, dice, encarnó a una Madre Tierra que lloraba. Vestida de blanco, rodeada de niños en Jimulco, celebró la vida. Esa dualidad, luto y fiesta, no fue una metáfora estética, fue su manera de habitar el mundo.

También fue una mujer adelantada a su tiempo. Pudo estudiar medicina, pero eligió sociología. En la UNAM se vinculó a movimientos de izquierda. La llamaban, con ironía y admiración, “La zarina roja”. Desde su departamento se producían materiales políticos. Siempre del lado de los menos favorecidos.

Tenía carácter. Su amigo recuerda que llegó a cachetear al Indio Fernández cuando intentó sobrepasarse. Defendió su dignidad y la de otras mujeres en un medio artístico que solía devorarlas. Nunca fue acrítica, ya que demostró tener un pensamiento profundo, informado y filosófico.

Tríptico promocional de espectáculo en el que participó Magda Briones en 1950. Foto: Cortesía

Carlos dice que dormía con una pistola bajo la almohada. No por agresiva, sino por previsora. Era femenina, elegante, anfitriona impecable: vinos dignos en la mesa, conversación brillante, sonrisa franca.

Fue la mujer que encabezó protestas multitudinarias, que cuestionó proyectos hidráulicos, que incomodó al poder y que dejó dispuesto en su testamento que un litigio familiar, un predio ligado a lo que hoy es el aeropuerto de Torreón, se destinara a un espacio cultural y ambiental.

Hasta los 95 años subió escalinatas para dar conferencias. Improvisaba discursos que sorprendían a especialistas de las Naciones Unidas. Hablaba de abejas y terminaba desmontando estructuras políticas. Caminaba por el aula citando filósofos, girando sobre sí misma como si aún estuviera sobre la duela.

Fue una mujer atemporal, dice Carlos, inspiradora, vigente y crítica. Pero, sobre todo, asegura, era coherente e imborrable.

Tríptico de concierto de danza y piano en el Teatro Isauro Martínez. Foto: Cortesía

Quizá ese fue el hilo conductor de su vida: la congruencia. La bailarina que entendió que el cuerpo podía ser trinchera, la solitaria que lideró multitudes. La mujer que pudo vivir cómoda y prefirió incomodar. Magda Briones no buscó perpetuar su memoria, sin embargo, según el testimonio de su amigo Carlos, lo hizo.

ACTIVISTA DE CORAZÓN

De forma sencilla podría decirse que Magda fue bailarina y pionera de la danza española en La Laguna, formadora de generaciones de artistas, pero también una activista ambiental, promotora cultural y educadora profundamente comprometida con su tiempo y con su territorio.

Del medio ambiente le preocupaba el estatus del agua, fue visionaria en su discurso porque era una mujer informada. En una entrevista para un periódico local, ella misma relató el origen de su interés por esta problemática:

“Entre 1973 y 1978 grupos de ex-alumnos me invitaron a varios estudios sobre los mantos acuíferos. Así me interesé en esto. Platiqué con muchas personas, pero no me hicieron caso. Ingresé en la Asociación para la Protección del Ambiente y en unas juntas se trataron todos los problemas que afectaban al manto acuífero, el problema de la termoeléctrica y el hidroarsenismo, después de estudiar esto me interesé por el problema”.

Captura de nota periodística sobre manifestación en la década de los ochenta. Foto: Especial

Desde ese momento la lagunera se volvió militante del líquido vital y asumió un compromiso real con el activismo, una acción que promovió a través de su ejemplo, pero también por medio de sus columnas tituladas A la ciudadanía.

En una de ellas su mensaje fue directo al sugerir a los lectores: “Deje en libertad todas sus potencialidades, cultívelas y encáucelas. Vea cómo usted crece y se agiganta. Vea cuánto enriquece a los demás con su esfuerzo. Provea para que los demás hagan lo mismo. Este esfuerzo no es trabajo, es deleite”.

Si en sus palabras convocaba a actuar y en su ejemplo enseñaba a comprometerse, en su vida cotidiana sembró algo todavía más duradero: una comunidad que entendió que el arte y la defensa del territorio pueden caminar juntos.

Ese impulso no terminó con sus columnas ni con sus batallas públicas, quedó vivo en quienes la escucharon, la aprendieron y hoy continúan nombrándola desde la memoria activa.

CUSTODIOS DE SU LEGADO

La profesora universitaria Ana Olga Rodríguez Betancourt conoció a Magada en dos tiempos distintos. La primera vez fue en 1973, cuando Briones fue elegida para dirigir la primera Casa de la Cultura de Torreón.

Olga, que no era originaria de La Laguna pero que la ha habitado en distintas etapas de su vida, se inscribió a clases de danza. Allí, entre el eco de los tacones y la disciplina del flamenco, encontró a una mujer que, sin imponerse, imponía respeto.

Después se fue a la Ciudad de México. Y cuando regresó, en 1984, encontró a otra Magda, una más volcada a los temas ambientales, dando clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UAdeC, encendiendo discusiones sobre el territorio y la justicia social. No era una ruptura con su pasado artístico, más bien, manifiesta su amiga, encontró una manera de expandirse.

Tríptico de la obra “Mar de Niebla”, autoría de Magda Briones y montada bajo su dirección. Foto: Cortesía

Fue una amiga en común, Magda Torres, quien completó un círculo de mujeres que cada sábado comenzó a reunirse en el café del Hotel Calvete durante más de treinta años.

No se trataba de reuniones solemnes. Eran charlas acompañadas de café y confidencias, de anécdotas que empezaban ligeras y terminaban en lágrimas.

Porque Magda no hablaba desde la postura de la experta. No dictaba cátedra en la sobremesa. Más bien narraba y compartía experiencias. Y en esas historias, aparentemente cotidianas, se revelaba una trayectoria monumental sin necesidad de proclamarla.

Hay una diferencia entre información, conocimiento y sabiduría, recuerda Olga, evocando a Fernando Savater. La información son los hechos; el conocimiento, la interpretación de esos hechos bajo teorías y enfoques; la sabiduría, la capacidad de usar ese conocimiento para vivir mejor. Yo creo que la sabiduría era lo que la caracterizaba mejor, afirma.

Magda era una lectora asidua, interpretaba con rigor. Sabía transformar lo aprendido en acción concreta. Su preocupación por la inequidad social y por el deterioro ambiental no era abstracta. Era ética y vital.

Para Olga, Magda representaba un equilibrio difícil: indignación y esperanza. Coraje y felicidad. Una mujer capaz de denunciar con firmeza y al mismo tiempo, celebrar la vida.

Para que podamos sensibilizarnos ante las problemáticas sociales necesitamos sensibilidad, dice. Hay mucha indolencia, mucha apatía. Y el arte es un recurso para mantenernos sensibles.

Ahí estaba el secreto de Magda: el arte como antídoto contra la indiferencia. La danza no fue un capítulo anterior a su activismo, sino más bien su cimiento emocional.

Montaje de “Mar de Niebla” en el Teatro Isauro Martínez. Foto: Cortesía

Por su parte, el sociólogo y activista Gerardo Jiménez la conoció en 1976, cuando fue su profesora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Recuerda que su clase era un espectáculo en el mejor sentido del término.

A las siete de la mañana, hora hostil para cualquier estudiante, dice Gerardo, ella lograba que nadie le apartara la mirada. Dramatizaba los temas. Convertía la teoría en escena. Podía llorar, bailar, recorrer el aula como si fuera un escenario. No recitaba conceptos porque los encarnaba.

Era como una obra de teatro, recuerda su alumno. Y, sin embargo, detrás de la teatralidad había un rigor profundo. Magda fue una mujer con filiación política clara, formada en la reflexión crítica. Hasta el final de sus días, dice Gerardo, siempre la encontró con un libro entre las manos.

Tríptico de la obra “Hipótesis”, autoría de Magda Briones y donde también fue directora y actriz. Foto: Cortesía

Con el tiempo, alumno y maestra compartieron no sólo afinidad académica sino militancia ambiental. En los años ochenta, la instalación de una planta termoeléctrica en Villa Juárez, Durango detonó uno de los primeros movimientos ambientalistas organizados en La Comarca Lagunera.

La obra implicaba la extracción de grandes volúmenes de agua del acuífero que había sido identificado como la reserva estratégica para la zona metropolitana. En ese momento no estaba sobreexplotado ni contaminado como hoy. Era la promesa del futuro. La decisión gubernamental, según recuerda Gerardo, fue política, pese a que existían otras opciones de ubicación.

En un contexto donde manifestarse contra el poder era más complicado, Magda encabezó la reacción ciudadana. Así nació Defensa del Ambiente. Tuvo un liderazgo firme, pero sin estridencias. No buscaba protagonismo, sino que asumió responsabilidades.

Esa lucha inicial por el agua con el tiempo se transformó en una causa más amplia. El grupo comenzó a documentar la presencia de arsénico en la población, un problema registrado desde los años sesenta: el hidroarsenicismo como crisis de salud pública. La sobreexplotación del acuífero y la contaminación se volvieron banderas permanentes.

En 1999 Magda encabezó formalmente la creación de Biodesert, asociación civil que durante más de una década articuló estudios ambientales, participación ciudadana y colaboración con organizaciones nacionales e internacionales. Administraron durante tres años y medio la Reserva Ecológica Municipal Sierra y Cañón de Jimulco. El nombre, el logo, la visión, todo eso fue idea de la maestra, señala Gerardo.

Magda Briones con amigos en la Presa Francisco Zarco. Foto: Cortesía

La asociación sigue legalmente viva. Y también la causa. En 2019 promovieron un juicio ante el Poder Judicial de la Federación por la sobreeplotación y contaminación del Acuífero Principal que culminó en 2023 con la Sentencia #543, una resolución inédita en México en la que la institución le otorgó la razón a ciudadanos.

Eso fue algo que la maestra siempre denunció, dice Gerardo. Ellos retomaron la estafeta. Incluso también, dice, continuaron escribiendo su columna A la ciudadanía que actualmente se publica en El Siglo de Torreón.

Magda no era sólo denuncia, también era vínculo. Olga recuerda cómo conectaba con las comunidades ejidales en Jimulco. Ganarse la confianza en esos territorios no es automático, sin embargo, a Magda la recibían, la escuchaban, la reconocían. No como una figura distante, sino como alguien que hablaba desde la experiencia compartida. Parte de los resultados de la fundación tienen que ver con la confianza que ella logró con la gente, menciona Olga.

En la universidad ocurrió algo similar. En una época de efervescencia estudiantil consolidó un grupo importante de jóvenes que más tarde se convertirían en activistas. Su pedagogía, mucho antes de que se hablara de la pedagogía del amor o de la paz, ya practicaba esos principios. Conectaba desde la empatía. Lograba que lo incómodo no fuera rechazado, sino comprendido.

Nunca hablaba desde la superioridad. Era cálida. Cercana. Amorosa, dice Olga con firmeza. Y amorosa en un sentido radical, pues actuaba desde el amor, incluso cuando ese amor implicaba la confrontación de estructuras injustas.

Gerardo agrega otro matiz: Fue congruente. Y subraya lo que implicaba manifestarse como mujer en una época atravesada por el autoritarismo. No se proclamó feminista, dice, fue feminista en los hechos.

Hoy, Gerardo y Olga son albaceas de su patrimonio cultural: más de siete mil libros, pinturas, vestuarios de flamenco, manuscritos, obras de teatro, documentos inéditos, entre otros.

Saben que el sueño de Magda era crear un centro biocultural, un espacio ciudadano donde el arte dialogara con la naturaleza, donde la cultura estuviera asociada al territorio. No imaginaba un recinto ostentoso, sino un lugar vivo, sostenido por redes de colaboración y actividades que mantuvieran encendida la conciencia ambiental.

Aunque la región aún tiene una deuda con el quehacer de Magda, cabe recordar que, en un primer intento por mantener vivo su legado, el año pasado se realizó el Primer Encuentro Biocultural Magdalena Briones, donde académicos, ambientalistas, artistas y exalumnos dialogaron sobre su defensa del territorio, su pedagogía sensible y su forma de unir arte y conciencia social. Más que un acto conmemorativo, el encuentro se pensó como una semilla que sería sembrada cada año para que nuevas generaciones no sólo conozcan su nombre, sino que practiquen su enseñanza (equilibrar indignación y esperanza) y conviertan la memoria en acción colectiva.

UN ARCHIVO VIVO

Una de las artistas que participó en el Encuentro Biocultural Magdalena Briones fue Martha Chávez. Aunque nunca conoció en persona a la maestra, su nombre le resultaba familiar desde mucho antes.

Durante años lo escuchó en las conversaciones de su esposo, el músico Armando Martínez Morales, quien evocaba a la mujer que dirigió la primera Casa de la Cultura y abrió camino a numerosos creadores de la región. Para Martha, Magda Briones fue durante mucho tiempo una presencia indirecta pero persistente: una referencia constante en la memoria cultural lagunera, una figura que, aun sin haberla tratado, adquiría dimensiones casi míticas.

La cercanía llegó décadas después, cuando Martha fue invitada a integrarse a un proyecto escénico que buscaba reconstruir a Magda desde sus propios rastros. No se trataba de interpretarla desde la memoria de terceros, sino de escuchar lo que ella misma había dejado: manuscritos, pinturas, columnas periodísticas, objetos personales y testimonios. Así nació la pieza escénica “Archi-Vi-vo Magda Briones”, que contó con la Co-Dirección de Martha Chávez y de Jorge Vargas C. 

Magda Briones volvió a escena como parte de “Archivo Vivo”. Foto: Jorge Espejel

Al principio pensamos que íbamos a contar la historia de una artista, pero el archivo empezó a hablarnos de muchas Magdalenas, menciona Martha.

En los documentos apareció la promotora cultural, la maestra cercana a sus alumnos, la mujer que organizaba tertulias, pero también la activista que cuestionaba el modelo de desarrollo de la región. Cada carpeta abría otra dimensión: la defensa del territorio, la resistencia a la termoeléctrica, las primeras advertencias sobre la escasez de agua.

La investigación modificó la manera original de montar la obra. En lugar de una representación lineal, optaron por dejar que los fragmentos dialogaran entre sí. No queríamos actuarla, queríamos que ella apareciera, expresa la artista escénica.

Por eso el escenario se convirtió en un espacio de memoria: cartas leídas en voz alta, textos proyectados, gestos mínimos que permitían escuchar su pensamiento más que interpretarlo.

Para Chávez, el hallazgo más revelador fue descubrir la vigencia de sus ideas. Leerla hoy es inquietante. En los años ochenta estaba describiendo problemas que ahora vivimos todos los días.

El proyecto dejó de ser únicamente artístico para convertirse también en una reflexión contemporánea sobre la ciudad, el agua, el territorio y la responsabilidad social.

Martha Chávez en”Archivo Vivo”. Foto: Jorge Espejel

La experiencia cambió la percepción de Martha sobre Magda. De figura distante pasó a ser una presencia cercana, casi cotidiana. Cuando trabajas tanto tiempo con sus palabras, sientes que te acompaña, empiezas a entender su manera de mirar el mundo. Recuperarla, dice, significó también revivir la lucha colectiva de la que formó parte y comprender que su legado no está en el recuerdo sino en la continuidad.

Este texto forma parte de la serie Huella de resistencia: historias de activistas y artistas