El padre Gofo, como se le conocía a Adolfo Huerta Alemán, habría sido capaz de cambiar el comportamiento de la iglesia católica, si es que se lo hubieran permitido.
Su idea de que la institución debería demostrar en hechos el evangelio generó muchos problemas, pero él siguió enseñando a la comunidad que Jesús está en el rostro de los necesitados y más vulnerables. Esa fue la huella que dejó en quienes lo conocieron.
Desde joven fue rebelde, pero no grosero ni problemático, mucho menos con sus padres. De adolescente faltaba a la escuela o desobedecía ciertas normas, pero siempre reflejó su deseo de ayudar a los demás, y pensaba que podía hacerlo como militar o maestro, recuerda Ángela, la hermana menor y a quien el sacerdote le llevaba 10 años de diferencia, lo que provocó que asumiera un rol más protector hacia ella, generando un vínculo que fue fundamental en la vida de ambos.
La familia del padre Adolfo tenía una formación religiosa y la aplicaba en la vida cotidiana con sus tres hijos, donde él era el mayor. Tras asistir a un retiro espiritual, llegó a su casa y les anunció a sus padres que quería ingresar al seminario.
“Gofo no fue un hijo grosero. Tuvo su época de rebeldía y no iba a la escuela. Así anduvo medio rebelde el güey, pero me da la impresión que mi hermano siempre tuvo muy bien definido lo que iba a hacer en la sociedad. Gofo siempre quiso ayudar a la gente y cuando les dijo que quería ingresar al seminario, mi papá le preguntó que si estaba hablando en serio, porque no era un juego. Entró ahí a la prepa, empieza con sus cursos y ya no salió de ahí”, recuerda Ángela.

La imagen de rockero la adoptó de la familia materna, con quienes iban cada fin de semana, además de que en el hogar se escuchaba rock en inglés. Tenía un amplio gusto musical. Su hermana conserva la playlist de más de seis mil canciones con varios estilos y la que Gofo identificó como “solo un poco de la música que amé en vida”. En ella sobresalen las de Metallica, The Doors y Iron Maiden, así como las del TRI y Caifanes.
A la música se le sumó la imagen de rebelde: cabello largo, ropa negra, pulseras llamativas, uñas pintadas de negro. En cuanto a las motos, su hermana recuerda que fue aproximadamente por el 2009 cuando ella y su esposo comenzaron a tener acercamiento con este tipo de vehículos que también le llamaron la atención a su hermano y empezó a usarlas, convirtiéndose en una característica peculiar del sacerdote.
Aunque su hermana no entendía mucho de la formación religiosa y la labor que Gofo realizaba, con el paso del tiempo comprendió que lo que él buscaba era que se dejara de ver a la iglesia como una institución alejada de la sociedad. A Gofo esto lo llevó a realizar varias protestas en el seminario y a encontrar desacuerdos con algunos de sus formadores, a quienes les incomodaba su forma de pensar.
Luis Zavala, su compañero en el seminario, recuerda que cuando él ingresó, en 1996, Gofo ya se encontraba en el lugar y su carácter crítico e inconforme era inconfundible.
Señala que no es que tuviera una formación antiautoridad, pero siempre cuestionaba todo tipo de normas y estructuras. Y a pesar de los intentos de frenarlo por parte de las autoridades en el seminario, organizó protestas internas.
“Cuando veías a Gofo era imposible no recordarlo, y en los cinco años que yo estuve en el seminario convivimos bastante e hicimos una amistad muy fuerte. No era como que fuera antiautoridad, pero era de los que sí les gustaba cuestionar y siempre proponía alternativas para que tengamos una sociedad más equitativa y con más justicia”, dice.

Zavala rememora que como estudiante movió las conciencias de sus compañeros que se revelaban ante la autoridad eclesial porque no les parecía justo lo que se hacía.
“Si veíamos una injusticia, el Gofo era el primero en encabezar el reclamo y ahí nosotros nos sumábamos y lo acompañábamos a veces y a veces no. Estas actitudes generalmente no eran bien vistas, creo que también estableció las circunstancias dentro de la misma iglesia para responder al tema sobre cuestionar una obediencia a la jerarquía y él lo hacía con mucho énfasis”.
Ángela coincide que a pesar de que las manifestaciones de Gofo eran cuestionadas, él se mantuvo firme y coherente durante todo su ejercicio sacerdotal: intentar transformar la iglesia en una institución más abierta, menos tradicionalista y más cercana a la realidad social.
Gofo mantuvo siempre su compromiso social y no se limitó a lo religioso, como cualquier sacerdote, sino que se involucró con diversos sectores vulnerables, como son las comunidades marginadas, las personas excluidas por sus preferencias sexuales y trabajo en la prostitución, al igual que en el colectivo de familias de personas desaparecidas, donde impulsó la organización y las familias se sintieron escuchadas.
“Tenía una gran capacidad de escuchar sin juzgar; de acompañar desde la empatía y brindar consuelo en situaciones muy dolorosas, y para muchas personas fue un apoyo importante en sus momentos de crisis”, recuerda su hermana.
En las comidas dominicales en casa de sus padres, a las que ella, su otra hermana y Gofo no faltaban, él siempre les repetía: “nuestra familia está sana”, en referencia al dolor que atravesaban otras por diversas situaciones.
Aun y con toda su rebeldía, siempre fue disciplinado con su formación. Eso lo llevó a tener una amplia cultura y conocimiento. Mientras que en lo personal tenía otra cara: su estilo de vida era poco ordenado, y entre los desvelos, excesos en la alimentación, consumo de alcohol y tabaco, se fue afectando su salud.
El obispo Raúl Vera López lo ordenó sacerdote en el 2007 y estuvo como vicario pastoral en el templo de Nuestra Señora de Atocha, en la Colonia Lomas de Lourdes de la ciudad de Saltillo, donde una parte de la comunidad rechazaba su vestimenta y sus ideas contrarias al comportamiento tradicional de la iglesia.
Como fue castigado cerca de seis meses, sin poder oficiar misas, lejos de desistir a su idea de que la iglesia se considerara diferente entre los feligreses y que estos participaran activamente en su cercanía con los más vulnerables, Gofo salió más fortalecido.

Zavala afirma que el castigo fue impuesto por Vera López al no soportar que Gofo fuera el centro de atención en los medios locales y nacionales.
A su retorno fue enviado a la parroquia de Nuestra Señora del Refugio como rector y posteriormente como párroco. En la diócesis de Saltillo se consideraba que ese lugar era como un castigo para los sacerdotes que se portaban mal, pero no lo fue para Gofo, pues desde ahí armó su revolución.
Las mujeres mueven el mundo; la sociedad no debe ser ignorante
Yolanda Campos, Leticia Vázquez y Verónica Salas fueron de sus principales colaboradoras en la parroquia de Nuestra Señora del Refugio, cuando el sacerdote llegó en el 2014. Su atuendo de rockero y que llegara a bordo de una motocicleta les impresionó, aunque no tanto porque el anterior sacerdote también llegaba en moto, sin embargo tenía el pelo corto.
“Nos llegó uno de pelo largo. Él sí llegó muy rockero con anillos muy característicos, sus anillos de calavera y su chaqueta de piel, todo él muy rockero. Para una comunidad que era muy conservadora y muy persignada, pues los viejitos sí lo crucificaron y luego realmente él se ganó a la comunidad”, recuerda Leticia Vázquez, quien no dejó de reír a carcajadas al evocar ese momento.
“Nos decían: va a venir un sacerdote que adora a la muerte, que le gustan las calaveras y que se pinta la cara así de negro. Yo les decía que habría que esperar para conocerlo porque para nosotras, que éramos unas personas más jóvenes, no pensábamos que fuera algo malo ni nada. Cuando entró, nadie pensábamos que él era el sacerdote hasta que lo vimos ya vestido con su túnica, luego lo empezamos a tratar y nos dimos cuenta que era una persona muy culta; él nos decía que la gente debe leer mucho para podernos defender, que no fuéramos ignorantes”, dijo por su parte Yolanda Campos, quien reconoce que el sacerdote les dejó ciertas responsabilidades como la catequesis, que por muchos años tenían otras personas.

Recuerdan emocionadas que Gofo siempre defendía a las mujeres y decía que eran lo más importante de la iglesia.
“Teníamos miedo porque muchas de las actividades las realizaban gente que llevaba años en la iglesia y él nos decía que todas podíamos participar, que podíamos equivocarnos y seguir aprendiendo; lo que él realmente buscaba era promover la acción social y nos decía que teníamos que leer mucho”, dice Leticia.
Desde su llegada siempre impulsó la importancia de las mujeres en todos los ámbitos y les aseguraba que en el rostro de María no había tristeza, sino mucha fuerza.
“Él nos preguntaba: ‘¿Quiénes son las que están aquí, las que venden, las que mueven todo? Pues son las mujeres. ¿A poco ustedes creen que María está así toda triste y todo así de pobrecita y de golpe de pecho? No, María era bien fuerte y su cara reflejaba mucho poder; María no era dejada, se defendía’. Nos insistía mucho que no deberíamos de ser agachonas, creo que luego se arrepintió por cómo le contestábamos nosotras”, continúa entre risas Yolanda.
Verónica Salas señala que el padre Gofo le permitió conocer la iglesia desde otra óptica, aunque reconoce que se sorprendió la primera vez que lo escuchó al decir en la homilía nombres de políticos en ese entonces.
“Era alguien súperdiferente porque estábamos acostumbrados a que los sacerdotes tuvieran una manera difícil, y él hablaba y nos comunicaba de una manera más cercana, era lo de la vida diaria y lo que estábamos viviendo en ese momento. ‘Gente, abran lo ojos’, nos decía y hasta aplaudía como para despertarnos”, señala.

Agrega que en lo personal a ella le ayudó mucho porque pasaba por un momento complicado de baja autoestima y al tratarlo empezó a ver la transformación sobre lo que ella pensaba y cómo actuaba.
“Me sacó de mis jaulas mentales, como también les decía a la gente mayor y conservadora”.
Leticia interviene para ampliar la imagen y recuerda que de repente usaba palabras altisonantes para generar alguna reacción entre los feligreses, a quienes insistía en que al gobierno no le convenía tener gente que piensa y que se defiende, pero lo mismo aplicaba para el interior de la iglesia.
“Una vez estaban unas compañeras en el comedor y le pidieron que las confesara. Él les respondió: ‘Chingada madre, ¡no entienden! A ver, dime ¿a quién mataste o robaste? No entienden que con el servicio es más que suficiente: están cocinando, ya me diste de comer y ya le diste de comer a los migrantes y a la gente de la comunidad que no tiene y ¿todavía te quieres confesar?, ¿de qué sirve que estén ahí hincadas y rezando si la gente necesita su ayuda? Jesús vino a servir no a ser servido. Ustedes tienen que salir a la calle a ver a quién lo necesita’.”, cuenta Leticia.
El interés porque la gente estuviera informada lo vivió Acasia Estrada, amiga de Gofo. Lo conoció por el 2009, cuando ella y un grupo de amigos hacían cine debate y el sacerdote le pidió apoyar, de acuerdo con sus habilidades. De la misma manera invitaba a los médicos que fueran hablar de mastografía, al paramédico que hablara de primeros auxilios.
“Juntaba a las señoras y les organizaba los talleres. Siempre buscaba, desde nuestras habilidades, ayudar a la gente de su parroquia. Una vez en la fiesta de cumpleaños me dijo que yo no había ido a dar pláticas, y como era maestra dijo que crearía un grupo de niños para formarlos en las lecturas”, señaló.
En muchas ocasiones acudía con sus camisetas con la imagen de Ernesto “el Che” Guevara y con ella muchas veces incorporó a las personas que lo apoyaban en la parroquia para estar en actividades con las familias de las personas desaparecidas.

Era reconocido por ser fiel admirador de Batman y el Guasón. Él podía andar por la calle en short y chanclas luciendo sus playeras, lo que le permitía acercarse a los jóvenes y niños, pero también con su imagen de rockero provocaba mucha admiración y apoyo. Hubo pequeños que incluso le decían Aquaman por su imponente figura, pero en una ocasión le molestó que le dijeran Maui, un personaje de cuerpo obeso de la película “Moana”.
En la misa de niños es cuando empezó a usar sus máscaras, que fueron fuertemente cuestionadas en la opinión pública saltillense.
A pesar de los obstáculos, el sacerdote fue involucrándose cada vez más en la comunidad, a cuyos integrantes los conoció autoinvitándose a comer en la casa de alguno de los vecinos, luego los convidaba a servir en el nombre de Dios, no sólo en los rituales de la iglesia sino en su vida cotidiana. De esta forma, quienes estuvieron cerca de él encontraron la posibilidad de servir a los demás, lo que implicó también su transformación personal.
El amor lo mueve todo
Las mujeres entendieron el mensaje que Gofo les inculcó al hablar desde el amor convertido en una acción cotidiana, porque el sacerdote les aseguraba que era lo único que podía salvar. No la fe ni la religión.
“A mí se me quedó eso así muy impregnado, como el Espíritu Santo que se queda en mi corazón. Él hablaba que el amor se observa en los hechos, en el acompañamiento y en la solidaridad. El amor abarca todo eso: estar presente y ver al prójimo y el trabajar en uno mismo para poder ayudar a los demás. Eso es el amor”, señala Leticia.
La confianza que generó entre la comunidad llegaba al grado de que en la calle se topaba con alguien y le reclamaba que no lo había invitado últimamente a comer. Incluso aunque no tuviera mucho contacto con ellos les decía que al día siguiente pasaría por su casa y aunque tuvieran frijoles los acompañaría. También hubo casos donde aseguró que jamás regresaría porque no se sentía a gusto y en la homilía a veces lo mencionaba sin nombres.
Las tres mujeres, Yolanda, Leticia y Verónica, hoy forman parte de Cáritas, donde Gofo las incorporó hace años y desde donde acompañaban diversas causas junto con el padre Pedro Pantoja. De esa manera lo siguen recordando, haciendo un trabajo en favor de la comunidad y no “de rodilla ensangrentada”.
Gofo les dijo en muchas ocasiones que él era un trabajador, así que dejó en manos de un consejo el uso de las limosnas, con las cuales recibía un salario, al igual que su colaborador identificado como Marcos.

Durante la pandemia varias de las mujeres se dedicaron a vender comida para apoyar a la gente que no tenía trabajo. En ese tiempo falleció el esposo de Leticia y Gofo estaba afectado de su salud, por lo que fue enviado a la Casa del Sacerdote para ser atendido y cuidado, ya que él no quería ser una carga para su familia, donde sus hermanas y madre estaban atendiendo a su padre también enfermo.
Gofo le prometió a Leticia que le haría una misa a su esposo, le dijo que si no tenía miedo del contagio y de que él anduviera en los hospitales durante la pandemia, acudiría hasta el domicilio.
“Él ya estaba muy enfermo y aquí estuvo. Fue un pastor que estuvo con sus ovejas siempre y cuando más lo necesitábamos”.
La misa se realizó con varios artículos que consiguieron Marcos y Yolanda, incluso con la copa de 15 años de su hija, que quedó bendita y consagrada.
La homilía que ofreció fue más como amigo de Lety y de su esposo José. Quizá fue de las últimas misas que ofreció. Las familias continuaron organizadas para generar recursos que le permitieran a Gofo recibir un salario y cubrir sus medicamentos.
“Afortunadamente nos empezaron a llegar las ayudas y despensa para él y para seguir ayudando. Él decía que no se la dieran a él, que se la dieran a una persona con la que él acudía a almorzar”, señala Yolanda.
La madre de Leticia, Blasita, mostró siempre una gran estima al sacerdote, quien quedó enamorado del asado que le preparó. Ya internado a causa de sus problemas de salud y a unos días de que falleciera, Gofo les presumió a las tres que tenía en un recipiente algo del asado preparado por la señora.
Sus enseñanzas lograron que en ellas florecieran muchas ideas de apoyar a la comunidad. Hoy, además de su trabajo en Cáritas, apoyan en centros de recuperación de adicciones, y en cada labor que desarrollan piensan en lo que el sacerdote haría y les diría.

Acasia señala que le impresionaba la facilidad que tenía para que la gente se interesara en algunas cosas. En una ocasión les entregó una hojas a las señoras con el poema “Hambre” de Luis Hernández; ellas lo leyeron mientras él les explicaba detalladamente lo que significaba cada estrofa.
“Era una forma de ilustrar a través de la poesía. Después la gente se quedaba al terminar el rosario esperando que Gofo les explicara un poema. Era muy padre porque fomentaba la lectura, el análisis, les recomendaba películas. Una ocasión les puso la película de ‘Los olvidados’ y me sorprendía que no solamente era ver el ministerio religioso, sino una causa social a través del arte: el cine, los libros, la poesía”, señala.
La política y las agresiones a su persona
Cuando Gofo enfermó y dejó la parroquia, varios integrantes de la comunidad empezaron a manifestarse en contra del nuevo sacerdote que llegó, pero luego entendieron que las enseñanzas que les dejó fue para luchar en la búsqueda de justicia, y ese no era el caso.
Años antes fue objeto de innumerables críticas y descalificaciones por su participación activa en las manifestaciones contra el exgobernador Humberto Moreira y su hermano Rubén. La deuda pública ilegal contraída fue lo que lo motivó a salir a las calles a protestar.
Luis Zavala recuerda que dejó de ver a Gofo por muchos años y que al regresar del extranjero volvió a reunirse con él y coincidió con Alejandro Esparza, también fallecido, con quien empezaron a preparar los actos de denuncia pública.
“Él me presentó a la que es mi esposa. Nos veíamos cada lunes para hablar de un libro, de filosofía o alguna película. Cuando me caso, viene todo este tema político en Coahuila con tanto mugrero que se vivía y que en la época de Humberto y Rubén Moreira alcanzó niveles horribles. Coincidimos en una marcha que se convocó en redes sociales y que se llamó Indignados Coahuila, y ahí nos vinculamos con Alejandro Esparza”.
Para él, Gofo fue una persona con una alta calidad moral indiscutible, mientras que Alejandro le inyectó creatividad al movimiento y Zavala aportaba en materia jurídica. Con ello lograron fomentar un gran nivel de conciencia social.
“Durante el movimiento a veces teníamos muy buenos ánimos y a veces no. A veces hasta nos deprimíamos, e hicimos un programa en Radio Imagina que le llamamos ‘El elogio de la locura’. Era los jueves y a veces salíamos con cero esperanza de que pudiera mejorar la situación. En ese momento la juventud la veíamos perdida y extraviada. Tuvimos amenazas de muerte y en ocasiones uno de los tres tenía miedo. Gofo siempre nos decía: ‘Tranquilos, no va a pasar nada, vamos mejor a intensificarnos y que seamos más visibles’. Entonces empezábamos a reconstruirnos otra vez”.
En el 2012, cuando la elección federal la ganó Peña Nieto, tanto Alejandro como Gofo se deprimieron porque nunca imaginaron que volvería a ganar el PRI. Acasia recuerda que también fue un momento de fuertes ataques de parte del tricolor por medio de lideresas que sabían del poder de convocatoria del sacerdote y de cómo denunciaba que los programas sociales no debían usarse de manera partidista. Se volvió incómodo para el poder, pero también para la iglesia.
Su hermana recuerda que en los tiempos donde se registraban ataques directos hacia su hermano ella no podía entender muchas cosas, pero cuando lo platicaba Gofo este le decía que hay lugares “bien cabrones” donde no debería haber estado él.
“Él me decía: ‘Estoy en peligro pero yo quiero hablar’. Y como ejemplo ponía la Zona de Tolerancia, donde había trata de blancas y cosas muy cabronas. Él decía que quería que esas mujeres supieran que no hay nada de qué arrepentirse ni pedir perdón. Creo que estuvo en lugares donde no debió de haberse metido, sí con la palabra de Dios, pero en medio de una humanidad que está toda distorsionada”.
Para su familia ha sido muy alentador conocer que hay comunidades y colectivos con los que su hijo y hermano trabajó: personas muy excluidas, olvidadas, muy dañadas y a quienes él siempre defendió.

El sacerdote tenía una confianza en Andrés Manuel López Obrador, pero Zavala asegura que si viviera sería el más crítico del expresidente y considera que seguiría haciendo escarnio. Para él, es el personaje que Saltillo requiere para realizar una crítica necesaria.
“Creo que no hay un personaje que esté liderando con autoridad moral como la tenía Gofo al ser auténtico y transparente, porque todo el mundo sabía sus pecados y a él no le daba vergüenza porque decía que era humano, y entonces no se encasillaba nada. Siempre fue una luz de esperanza”, afirma.
Acasia recuerda que Gofo nunca quiso que lo vieran como los sacerdotes que piden tratos de la Edad Media, su magia fue activar el evangelio, darle vida y acción a cada palabra.
Gofo murió el 22 de agosto de 2021 por complicaciones renales, diabetes y Covid 19.