Uno de los episodios más dolorosos en la historia contemporánea de México es la masacre estudiantil del 2 de octubre de 1968. El gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, utilizando al Ejército como brazo armado, detuvo, golpeó, humilló, desapareció y asesinó a cientos de jóvenes que soñaban con un país de libertades colectivas.
Han pasado 57 años de aquel capítulo y pareciera que, de historia, no se ha aprendido nada. Las movilizaciones estudiantiles fueron conformadas por personas de la UNAM, del POLI, de Chapingo y de diversas universidades y preparatorias públicas. Lucharon y marcharon por ideales, por principios, para erradicar los abusos de autoridad, las detenciones arbitrarias, los encarcelamientos políticos y las desapariciones. Lucharon por un mejor país y algunos murieron en el intento.
El Grito es un documental que narra, prácticamente de manera fotográfica, lo que sucedió antes, durante y después de la masacre estudiantil. Con voces reales, videos, fotografías y discursos completos, este ejercicio periodístico es una joya histórica para recordar que en México el Estado fue genocida, que Díaz Ordaz se fue impune, que Luis Echeverría murió de anciano en el Pedregal y que la impunidad, después de 57 años, sigue siendo el fenómeno reinante del país.
El grito contra la indiferencia
México ha cambiado mucho, pero al mismo tiempo sigue anclado a los mismos vicios. Los medios corporativos de comunicación siguen trabajando de la mano de los gobiernos y de la iniciativa privada, desplazando el interés colectivo de la población, es decir, la audiencia. Las universidades se convirtieron en una especie de cámara empresarial que buscan llevar buena relación con las administraciones públicas para obtener privilegios fiscales, territoriales y políticos. Colectivos, organizaciones y representaciones estudiantiles se han esforzado, pero desde sus mismas instituciones las autoridades ponderan la censura sobre el libre ejercicio de las ideas.
El Grito, México 1968, dirigido por Leobardo López Arretche, es un documental uniforme, en el que la mano de los creadores no interviene en lo que sucedió, es una sombra muy fiel a lo que miles de jóvenes mexicanos sufrieron aquel día en el que las tanquetas y los soldados entraron a la Plaza de las Tres Culturas para hacer añicos sus ilusiones.
Lamentablemente la historia no ha servido para aprender de ella. En Coahuila, por ejemplo, noviembre de 2014 fue muy duro para la comunidad estudiantil porque el ejército entró a las instalaciones de la Universidad Autónoma de Coahuila en la ciudad de Torreón. ¿El motivo? Intimidar para bajar el nivel de las protestas por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, Guerrero, perpetrada por el Estado Mexicano, también a manos del Ejército.
México no ha aprendido y por eso estos documentales siguen siendo valiosos. Autoridades municipales, estatales y federales continúan usando las instituciones para callar a las voces incómodas, para desnutrir el pensamiento crítico y para desaparecer a las personas que pongan en riesgo a algún interés político o empresarial.
Pareciera que la muerte de los estudiantes en 1968 fuera en balde. Pareciera que la desaparición de los 43 también no tuvo ningún valor histórico para garantizar la no repetición.
La memoria debe tener el poder de influir en la toma de decisiones, no solamente en el respeto y dignificación de las víctimas.
Grito, México, 1968, es un poderoso ejercicio periodístico que retrata, con melliza fidelidad, la capacidad que tuvo, tiene y tendrá el Estado para vulnerar derechos y ultimar personas y apagar revueltas sociales con tal de no perder capital político.