Buscar un desaparecido y encontrar la muerte

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A Rosario Lilian le costó la vida buscar a Fernando, su hijo, a quién desaparecieron desde 2019. 

Este 30 de agosto Rosario salía de una misa dedicada a Fernando en el municipio de la Cruz de Elota, en Sinaloa, cuando fue interceptada por un grupo armado que la privó de su libertad, para después regresarla sin vida.

Rosario es la segunda mujer buscadora asesinada en Sinaloa. La primera fue Sandra Luz, quien buscaba a su hijo, Edgar, desaparecido desde 2012. 

Sandra buscó a Edgar hasta su último día de vida. Tenía 50 años cuando aquel 12 de mayo de 2014 un hombre le disparó en 15 ocasiones con una pistola a plena luz del día, en Culiacán. La persona que la mató le había prometido revelar el paradero de su hijo desaparecido. Sin embargo, Sandra murió sin saber dónde estaba.

En el caso de Rosario, fue asesinada tres años después de la desaparición de su hijo Fernando. Lo único que supo de él es que se lo llevaron unos hombres armados en un carro blanco. 

Rosario y Sandra son originarias de Sinaloa, un estado donde se camina sobre los restos humanos que ha dejado la violencia en el país desde hace décadas. Bajo las tierras sinaloenses, la Comisión Nacional de Búsqueda ha localizado poco más de 111 fosas clandestinas, al menos hasta el registro del 2021.

Por otro lado, la Organización A dónde van los desaparecidos, tiene registro de 139 fosas, de las que se han desenterrado 176 cuerpos y 64 osamentas, además de encontrar el cráneo de una persona a quien todavía la buscan.

En Sinaloa se encuentran 12 de los casi 200 colectivos de buscadoras de personas que se han formado en el país ante la ausencia y desinterés por parte del Estado para encontrar a los desaparecidos. Así como lo denunció Rosario. Antes de ser asesinada mandó un mensaje culpando a las autoridades por no hacer nada para localizar a su hijo de 20 años.

“Traje videos, traje testigos y hasta la fecha no me han resuelto nada. Quien se llevó a mi hijo está detenido en San Luis Río Colorado y Fiscalía en Mazatlán me dice que no puede hacer nada”.

Este mensaje lo mandó semanas antes de ser asesinada. Lo hizo a través de un video donde lleva en sus manos la foto de su hijo desaparecido. Una de las 94 mil fotografías que circulan en las 32 Fiscalías de  México, acompañadas de un cintillo que dice desaparecido o desaparecida. 94 mil. 

La muerte de Rosario se repite al menos 13 veces más en el país desde 2010. Porque en estas tierras, al buscar a tu hijo, hija, hermano, sobrino, puedes enfrentarte con la muerte.

El primer asesinato registrado en medios de comunicación fue la de Marisela Escobedo, a quien mataron frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua, en diciembre del 2010, luego de que su hija fuera desaparecida y asesinada. 

Dos meses después vino el caso de Don Polo Valenzuela quien fue asesinado en febrero del 2011 por un grupo de hombres armados que llegaron por él hasta su negocio en Nuevo Ideal, Durango. Don Polo exigía la localización de su hijo desaparecido.

En noviembre del 2011 Nepomuceno Moreno fue asesinado con siete balazos en Hermosillo, Sonora. Formaba parte del movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, luego de que su hijo Jorge desapareciera y comenzara la búsqueda. También murió sin saber de su paradero.

En mayo del 2014 llegó el caso de Sandra Luz, la madre buscadora asesinada en Culiacán.

Posteriormente vino el caso de Bernardo Carreto, quien buscaba a tres de sus hijos desaparecidos en Chilapa, Guerrero. Lo amenazaron hasta que un día fue asesinado frente a su familia.

José de Jesús Jiménez fue el siguiente en Poza Rica, Veracruz. Era integrante de la Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas. Se unió luego de la desaparición de su hija en 2011 y en junio de 2016 lo mataron a balazos muy cerca de la fiscalía del Estado.

Posteriormente vino el caso de Pablo Iván Miramontes. En 2018 una persona le llamó para decirle que tenía información sobre el paradero de su hermano, a quien buscaba desde tres meses atrás. Pablo contestó esa llamada y luego desapareció. Su cuerpo fue localizado después en una fosa clandestina en Guadalajara, Jalisco.

En Michoacán ocurrió el caso de Zenaida Pulido. A quién asesinaron en el municipio de Aquila en 2019. Ella buscaba a su esposo desaparecido desde 2002. Zenaida había denunciado previamente amenazas contra ella y su familia. De nada sirvió. La Fiscalía no quiso reconocer que había sido asesinada por la búsqueda de su esposo y su activismo. 

2021 fue el año que más registró asesinatos contra personas que buscan a sus familiares. 

El caso que cimbró Guanajuato fue el de Javier Barajas, quien buscaba a su hermana desaparecida en 2019. Se unió a la Comisión de Búsqueda de Guanajuato y logró encontrar su cuerpo en una fosa clandestina en Salvatierra, un año después de su desaparición. Sin embargo, encontrarla le costó la muerte, pues en junio del 2021, Javier fue asesinado por un grupo de sicarios que dispararon directamente contra él.

En este estado también se suma el asesinato de María del Rosario Zavala, una madre buscadora de León. La mataron luego de hacer la última búsqueda de su hijo desaparecido; tenía 16 años cuando un grupo de sicarios lo secuestraron.

A María del Rosario la mataron en la puerta de su casa; tocaron el timbre y esperaron a que abriera para darle los seis tiros directos que le quitaron la vida. Pero la violencia no paró ahí. En junio del 2022 mataron a otro de sus hijos fuera de su domicilio. De su hijo desaparecido no se sabe nada.

En Sonora se encuentra el caso de Iván Josué Feliz asesinado en junio del 2021. Formaba parte del colectivo Madres Buscadoras de Sonora. Primero lo desaparecieron junto con su esposa y luego lo asesinaron. De ella tampoco hay ninguna pista.

Otro caso en Sonora es el de Aranza Ramos, quien formaba parte del colectivo Guerreras Buscadoras. Fue asesinada en Guaymas tras la búsqueda de su esposo Bryan, desaparecido en 2020.

El asesinato de José Araiza ocurrió en Zacatecas. Buscaba a su hijo desaparecido en 2018. En julio del 2021 José se encontraba en su domicilio cuando un grupo armado irrumpió el lugar y lo mataron. También murió sin encontrar a su hijo.

Trece asesinatos ocurridos en los últimos 22 años. Sólo por buscar. El oficio de los padres y las madres buscadoras, que se intensificó desde la llamada Guerra contra el narco que implementó el expresidente Felipe Calderón, se vuelve uno de los más peligrosos y vulnerables. 

Desde el 2018, las familias -acompañadas de la Comisión Nacional de Búsqueda- han encontrado y desenterrado con sus propias manos más de 3 mil cuerpos en las fosas clandestinas esparcidas a lo largo y ancho del territorio mexicano. Sin embargo, solo el 27% de los cuerpos logra ser identificado y entregado a sus familiares. 

Quienes los buscan, quienes los huelen, los desentierran y los identifican, lo hacen todos los días con el riesgo de morir, sin encontrar a los suyos.