Blanca Martínez: una historia de esperanza frente a las violencias

En el marco del reconocimiento que la activista recibió como parte del Premio Nacional de Derechos Humanos “Don Sergio Méndez Arceo” 2024 compartimos este texto para difundir su labor.

Fotos: Cortesía de Blanca Martínez, redes sociales Fray Juan de Larios y Camelia Muñoz

Cuando Blanca Isabel Martínez Bustos empezó a involucrarse en organizaciones sociales que defendían cuestiones laborales y campesinas, aún no los identificaba como derechos humanos. Era una adolescente de 16 años.

Nació en la ciudad de Torreón y a los 5 años partió con su familia a Guanajuato. Ahí empezó a relacionarse con distintas causas sociales. Luego estuvo en la Ciudad de México y en Chiapas conoció de cerca a los religiosos y activistas Samuel Ruiz y Raúl Vera López.

“Yo empecé más bien participando en la organización social, era algo más cercano a organizaciones laborales y después a la organización campesina. Ahí empieza la militancia social”, recuerda la directora del Centro de Derechos Humanos “Fray Juan de Larios”.

Su labor como activista inició en el Frente Auténtico del Trabajo en Guanajuato e impulsó el Centro Popular de Capacitación Técnica, donde además de dar cursos de herrería y de elaboración de zapatos, también participó en la formación política de jóvenes obreros y obreras.

A lo largo de su vida, Blanca ha sido testigo de distintas formas de violencia contra diferentes sectores sociales del país. Sus ojos vieron la represión en la década de 1980 cuando trabajaba en organizaciones que defendían los derechos de obreros y campesinos, luego la matanza de indígenas en Chiapas y desde hace algunos años la desaparición de personas en Coahuila. 

“México vivía una época de represión contra movimientos de izquierda y se representaba en las desapariciones y en ejecuciones extrajudiciales contra líderes campesinos y obreros. Era el pan nuestro de cada día, incluso yo me acuerdo que un tiempo, cuando nos hablábamos o nos veíamos los compañeros, alguien decía: ‘¿Ya supiste?’, y eso significaba que a alguien habían matado”.

Su labor como activista inició en el Frente Auténtico del Trabajo en Guanajuato e impulsó el Centro Popular de Capacitación Técnica. Foto: Cortesía Blanca Martínez.

Pese a esos escenarios, ella mantiene la esperanza de que las cosas pueden cambiar, aunque de alguna manera no se queda satisfecha de lo obtenido al tratarse de violaciones graves a los derechos de las personas.

“Yo creo que parte de nuestra tarea es también seguir construyendo nichos de esperanza… Creo que sí es importante recuperar lo que tenemos y que desde nuestra propia humanidad y con lo colectivo que puede ser rescatable se da sentido de esperanza, porque si no entonces nos asimilamos a la violencia y nos asimilamos a la desesperanza y que son parte de las estrategias de control social y entonces ya no habría nada qué hacer”, sostiene.

Dice que un ejemplo de esto lo vio en marzo pasado durante el aniversario del Centro de Derechos Humanos “Fray Bartolomé de las Casas”, en Chiapas, pues conoció el proyecto “Semillero de comunicadores populares” en el que participan diversos niños.  Uno de ellos les preguntó a los invitados cómo era posible resistir ante la acción de tanta gente mala. 

“Estuvimos hablando de las violencias y sobre todo este tema de las nuevas violencias en Chiapas con la disputa también de los carteles por el territorio, era la parte no grata. 

Y entonces Lupita (Vázquez) de Las Abejas de Acteal les contestó muy sabiamente y les dijo: ‘yo creo que habemos más gente buena’, o sea que tenemos que ver esa posibilidad de no dejarnos llevar porque todos son malos y todo está podrido”.

Blanca Isabel Martínez estuvo en las comunidades eclesiales cuando surgió la Teología de la Liberación y todos los movimientos revolucionarios en América latina, principalmente en Centroamérica. Ahí aprendió de la solidaridad con la lucha por los pueblos.

Conoció la revolución nicaragüense y de los movimientos en Guatemala, en El Salvador y Honduras. Era el final de la década de 1970. 

“Durante el movimiento armado en Chiapas – por la presencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)-, Miguel Álvarez, un sociólogo que es uno de mis formadores de hace muchísimos años, me invita a ser parte de ese equipo operativo de apoyo para el proceso en Chiapas y apoyo a la Diócesis, porque él era asesor de la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI), y en el contexto del conflicto armado es cuando yo me empiezo a involucrar más al tema de los derechos humanos, aprender más todo este tema de los derechos de los pueblos indígenas”.

LEYES QUE VIOLENTAN DERECHOS

Sobre la práctica, Blanca empezó a entender los procesos de mediación y el abordaje de conflictos, además de conceptualizar las temáticas en torno a los procesos de libre determinación y autonomía. 

Al suspenderse las labores de la CONAI, por no existir condiciones para el diálogo entre el Gobierno Federal y el EZLN, fue invitada a quedarse en Chiapas y laborar en el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, en la ciudad de San Cristóbal.

El contexto era diferente a lo que en sus inicios se había visto y a ellos se sumaba la gestación de una Reforma Electoral que también generó una política represiva por parte del Estado.

Como activista y hoy defensora reconoce que sabía y entendía de los riesgos que tenía que enfrentar con las violencias que se presentaban en el país, principalmente al estar en organizaciones de izquierda. 

“Te focalizan y obviamente te ponían en un escenario de mayor riesgo. Ahora las izquierdas se ríen ¿No?, porque ya están muy bien cooptadas y muy asimiladas al sistema, pero eso no significa que no siga la represión. Sí continúa de otra manera y generando otro tipo de violencias: se cierran los espacios políticos. 

Blanca Martínez vivió de cerca el surgimiento del Movimiento Zapatista. Foto: Cortesía Blanca Martínez.

La Reforma Electoral fue meter el ganado en el redil y muchas de las organizaciones que históricamente eran de izquierda y venían de movimientos obreros, sindicales, urbanos y campesinos que lucharon desde décadas atrás por la demanda de apertura de espacios políticos y la posibilidad de poder concursar en las elecciones, se meten en el carril de las elecciones y provoca muchas divisiones y más represión”.

Refiere que en esa época también se dio la reforma a la Ley Agraria y entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio que implicaba todo un movimiento en los aranceles, fundamentalmente en los granos.

“Surge la posibilidad de legalizar el despojo de las tierras ejidales y comunales. Todo estaba claramente muy alineado: la Reforma Agraria para favorecer nuevas formas de colonización y de apropiación de la tierra y de los recursos naturales.

Ya no se preocupaban tanto por venir sólo a despojar sino a generar las condiciones para la privatización del ejido y los bienes comunales, y por lo tanto hacer simulaciones de asociaciones con los campesinos para rentar sus tierras y abrir el paso a las agroindustrias exportadoras que se mantiene aún”.

El conflicto armado en Chiapas y la violencia, junto con la discriminación, aumentó contra los pueblos indígenas y dio origen a la participación de la sociedad civil en la propuesta de construcción de paz. 

A través también de la movilización nacional e internacional para iniciar los diálogos de San Andrés lo cual, de acuerdo con la defensora, era políticamente muy peligroso porque se estaban propiciando condiciones para un nuevo pacto social y por ello el Gobierno Federal optó por el silencio. 

Recuerda que en ese contexto empezaron a aparecer grupos paramilitares similares a los que operaban en los países de Centroamérica. 

En su experiencia lo  explica: “la teoría de la contrainsurgencia es quitarle el agua al pez, lo que implica quitar su base social y por eso es tan carnicera la contrainsurgencia, como fue la masacre de Acteal y eso fue parte de la estrategia en Chiapas y sus contradicciones, que no se ha acabado y ahora tiene otras formas de expresión de violencias y no significa que las otras se hayan acabado, sino que interactúan y obviamente benefician a varios actores”.

LA DESAPARICIÓN COMO FORMA DE VIOLENCIA 

En el 2000, con la transición democrática en el país con el triunfo de Vicente Fox y el PAN en la Presidencia de la República y que Blanca llama “pacto de alternancia  política”, se da una reconfiguración de los actores del poder fáctico con la presencia de la delincuencia organizada que se hace más visible.

El propio Estado facilita su desarrollo “porque para poder subsistir y tener el control imperial del mundo necesita de este tipo de actores y también para la generación de capital”.

En el 2009 Blanca llegó al norte. Retornó a su estado natal con el pensamiento de que descansaría un poco de las violencias que vio en el otro extremo del país, pero no fue así. 

A su llegada al Centro de Derechos Humanos “Fray Juan de Larios”, que dependía en ese entonces de la diócesis de Saltillo y fue creado por el entonces obispo de la Diócesis, Raúl Vera López, documentaron los primeros casos de desaparición y ejecuciones extrajudiciales en Coahuila. 

Blanca Martínez acompañando a buscadoras en ruedas de prensa. Foto: Camelia Muñoz.

En ese tiempo, Felipe Calderón ostentó la Presidencia de la República y surgieron nuevos reacomodos de los grupos fácticos, según la activista.  

Blanca Martínez refiere que debido a esto hubo cambios en fenómenos sociales como la desaparición, pues en 1980 surgieron movimientos como Eureka que eran una respuesta a los desaparecidos y presos políticos víctimas de las guardias blancas civiles.

Sin embargo, ya en el nuevo milenio la desaparición se convirtió en un mecanismo de control social “y son agentes del estado como policías municipales, tránsitos, bomberos, policías federales de caminos, quienes detienen a la gente y se las entregan a la delincuencia organizada, no son particulares por lo menos aquí en Coahuila”. 

Blanca es contundente: lo que pasa en el estado de Coahuila son formas de violencia que México no había vivido.

Puntualizó que primero comenzó la toma de Saltillo y la toma de la entidad con una lógica militar de parte de los grupos de la delincuencia organizada 

“No puede ser que los Ceresos (Centros de Readaptación Social) que estaban bajo responsabilidad de generales en retiro como parte de la estrategia para controlar la seguridad, los ponen a disponibilidad de los malandros y pues dices: ¡No mames! ¿de qué estamos hablando? Entonces toda la institucionalidad y la ingeniería operativa del Estado se pone a disposición de estos grupos y los métodos de violencia y las barbaries, como que se refinan”.

Sin embargo, la preparación que desde joven obtuvo en los movimientos sociales le ha permitido sortear los riesgos, mantener vivo el chip de cuidarse y protegerse a través de mecanismos de coordinación. 

Recordó que en Chiapas no había celulares ni señales de telefonía por lo que se reportaban promotores de derechos humanos, o bien con las monjas y curas de las organizaciones en los poblados a donde entraban y salían. 

“Esas eran nuestras redes sociales, gente muy cercana con compañeros y compañeras que venimos de esos tiempos tenemos ese bagaje”.

En Coahuila se enfrentó a las características de la población y mucha gente rechazó ser parte de la promoción de los Derechos Humanos, pues tenían miedo hasta de acercarse con las familias de personas desaparecidas.

Aún así, junto con el equipo del Fray Juan de Larios siguen trabajando en la visibilización de los derechos humanos.

Equipo actual del Centro de Derechos Humanos “Fray Juan de Larios”. Foto: Facebook Fray Juan de Larios.

-¿Te has quedado con las ganas de decir o hacer algo porque no estás satisfecha del resultado?

-Siempre en el trabajo para atender las causas estructurales de la discriminación, de la injusticia y de la violencia te vas a quedar insatisfecha. Siempre va a haber una parte que diga ‘chin por qué no hicimos o por qué no hice más’, pero también una cosa que he aprendido en todos estos años es que uno tiene que ubicar cuál es su tarea en el momento.

Obviamente hay ocasiones en que te dan ganas de mentar madres y aventar patadas, pero siempre tenemos que ubicarnos en el rol de defensoras y acompañantes, porque puedes estallar y desfogar y al rato analizas a dónde lleva el desfogue y qué impactos puede tener con los procesos que acompañas o de qué le sirve, entonces de alguna manera aprendes cuando tienes que morder.