Alejandro

En el marco de la conmemoración del Día del Periodista te presentamos una de las 18 historias testimoniales que tiene el libro La tropa del silencio, autoría de José Carlos Nava y quien autorizó la reproducción

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La verdad nunca pensé que se tratara de un secuestro. Desde el primer momento creí que nos iban a matar. No me correspondía andar en la calle ese día. Más aún, el traslado hasta el penal y la grabación de los aspectos del motín de reos solo se harían en caso extremo. De alguna manera sí pensábamos evitar ese plan de cobertura.

“Al Cuerpo nada más le falta ir a la guerra”, fue la presentación que le extendieron a quien solicitaba de manera urgente mis servicios de camarógrafo. Cuatro horas después: “¡A ver, cabrones, cómo quieren que se los cargue la chingada!”, nos decía al grupo de reporteros uno de los miembros del cártel.

Minutos antes de las seis de la mañana del lunes 26 de julio de 2011 llegué a las instalaciones de Televisa Laguna. En aquel tiempo me asignaron al área de producción, aunque antes de esa etapa la totalidad de mi experiencia en televisión había transcurrido realizando funciones de reportero con cámara al hombro en asuntos periodísticos. Cerca del mediodía estaba ajustando el equipo en el estudio para la transmisión del noticiero. Mi turno casi concluía. “Alejandro, te hablan de redacción”, me avisó uno de los camaradas del switcher. Entrando a la oficina el coordinador del área dijo: “Tenemos un trabajo muy especial para ti, Cuerpo. Eres la persona indicada”. Había llegado gente de la Ciudad de México. Se trataba de un reportero de Punto de partida, el programa conducido por Denise Maerker.

Héctor Gordoa fue el corresponsal que enviaron a cubrir un motín en el Centro de Readaptación Social (Cereso) de Gómez Palacio. Lo conocí en la oficina de redacción. Ahí fue donde nos presentaron, decidí entrarle al quite y acordamos la ruta. El camarógrafo que lo acompañaría perdió su vuelo en la capital del país y no pudo arribar a tiempo. Me dio gusto que me tomaran en cuenta. Confieso que desde un principio me agradó la idea. Cubrir un conflicto era lo que faltaba en mi currículum, así lo dio a entender el jefe de información cuando habló con Héctor sobre mi apodo, El Cuerpo, y la experiencia que tenía desde mis inicios en los años noventa, formando parte del Canal 44 en Ciudad Juárez. Preparé el material, quedamos de hablarnos por radio, salimos del edificio y nos subimos a un carro de alquiler. Después de 10 minutos cruzamos el puente interestatal de Coahuila a Durango.

Cubrir un motín no era parte del plan. De hecho solo se harían entrevistas con policías y autoridades municipales de Gómez Palacio y ciudad Lerdo. Pasaba de las dos de la tarde. Supimos del desmadre y fuimos. Al llegar vi a algunos de los colegas reporteando, pero evitaban acercarse demasiado a la malla de protección del penal. Saludé a Javier Canales, amigo y colega de la empresa Multimedios.

Se lo presenté a Héctor. Apenas unas horas después nos volveríamos a encontrar en la peor de las circunstancias. La cobertura duró más de una hora. Unas 200 personas se agruparon en la manifestación de protesta. El perímetro estaba cercado por federales y soldados. Un helicóptero de la Federal volaba en círculos a baja altura y varios presos subieron a las torres de vigilancia, mostrando pancartas en que exigían la reinstalación de algunos funcionarios del penal.

Entrevistamos a algunas de las señoras que pedían información sobre la situación de sus familiares. Entre ellas había otras que defendían a la directora, declarando frente a la cámara que su detención era una injusticia: “Ella es muy buena gente con los internos. Nosotros queremos que la regresen”, nos dijeron.

No tenía miedo, tal vez porque jalaba al margen del área de noticias desde hacía tiempo y no podía sentir, como debería, la pinche temperatura a la que habían llegado los chingazos en la calle. Terminamos. Eran las tres y media de la tarde.

Abordamos el vehículo que Héctor rentó en el aeropuerto y emprendimos el camino de vuelta al canal. La comida ya estaba lista. Mi esposa y mis hijos esperaban mi regreso a casa. Avanzamos rumbo al sur de la ciudad para regresar a Torreón. Esperábamos luz verde para dar vuelta a la izquierda. Al momento de arrancar se atravesó un carro negro con vidrios polarizados. Iba rumbo al norte, en sentido contrario al nuestro.

Luego vino un cerrón de frente para impedirnos el paso. Bajaron dos personas armadas, nos encañonaron y se metieron al carro por las puertas traseras. Ordenaron que siguiéramos el auto en que venían. “¡Quiénes son ustedes!”, “¡pa’ quién chingaos trabajan hijos de su puta madre!”, “¡qué chingaos estaban haciendo en el Cereso!”. Así empezó la tortura. No había más respuesta que la única. Una y otra vez contestamos con la verdad: somos reporteros, vinimos a hacer un reportaje y trabajamos en Televisa.

Llegamos hasta un terreno baldío de Ciudad Lerdo, nos bajaron del carro y nos metieron a la cajuela. Pasó mucho tiempo. Héctor y yo empezamos a rezar y a decir que todo 29 era una pesadilla. Ahí cambiaron de auto para trasladarnos a otro punto. ¡Pinche sorpresa tan más terrible. A Javier Canales, de Multimedios, también lo habían secuestrado! “¡Quién de ustedes se quiere morir primero!”, “¡cómo quieren que se los cargue la chingada!”. En medio del interrogatorio y de la chinga con las amenazas recibían llamadas telefónicas. Entre tanto, soltaron la sentencia que nos iban a aplicar: “¡Van a valer verga por chismosos!”. Por suerte todo quedó en pura amenaza. Luego, quemaron el vehículo de Multimedios en un ejido cercano al lecho seco del río Nazas.

Lo hicieron después de habernos dejado en la casa de seguridad y vendarnos los ojos para ingresar al cuarto donde Héctor, Javier y yo permanecimos encerrados. Tenían a más gente retenida en la misma casa.

A cambio de nuestra liberación los integrantes del cártel exigieron la transmisión de unos vídeos donde se acusaba a un grupo de funcionarios de Coahuila de formar parte de una organización rival.

Fue entonces que al día siguiente, el martes 27, los canales locales de Televisa y Multimedios pusieron los videos al aire en sus noticieros de mediodía. La transmisión del material no cambió nuestra situación.

Seguimos de igual a peor. Tuve la intención de escapar. Me resistía a morir así nada más. Ya puesto a la fuerza en este desmadre mi propósito era venderles caro la vida, cuando menos dándome un pinche tiro con ellos. La noche del miércoles Héctor y yo hasta pensamos en la posibilidad de enfrentar a la persona que nos vigilaba. Mala idea. Ahí la dejamos. A Héctor lo liberaron el jueves 29 de julio por la tarde a cambio de emitir un video a favor de ellos a nivel nacional en el programa. Incluso le entregaron una nota, pero no pasaron ni madres.

Era el amanecer del sábado 31 de julio. Llegábamos al quinto día de secuestro. Luego de un escape fallido horas antes, la verdad me resigné y decidí sentarme en un rincón del cuarto a esperar la muerte. Sentía tranquilidad por el hecho de haberlo intentado. Más todavía porque durante uno de los traslados alcancé a romper las fotos de mis hijos y a tirar las identificaciones. Eso me hacía pensar que en cierto modo mi familia estaría a salvo. Poco importaba lo que pasara con mi vida. Escuchamos el silbido de un tren. Todavía para ese entonces estaba seguro de que nos iban a matar. No supe la razón, pero de repente oí decir a uno de los secuestradores: “Cambio de planes”. Salimos de la casa de seguridad. A treparse a otro carro una vez más.

Enseguida nos desataron las manos y retiraron la venda que teníamos puesta en los ojos. Bajamos unas cuadras más delante. “¡Córranle, güeyes!”, nos gritaron. Ellos se fueron por otro rumbo. En un principio me dio la impresión de que aplicarían una suerte de ley fuga. Después de emprender la huida vendrían los disparos por la espalda o la embestida del automóvil. Nada de eso. Respetaron nuestra vida. Al final nos liberaron. Lo que vino después fue algo extraño.

Al dar la vuelta por la calle vimos a la distancia unas patrullas de la Policía Federal. Los perros de la cuadra ladraban y hacían un escándalo. Nosotros chiflábamos, les gritábamos a los oficiales, pero no podían oírnos. El caso es que les dimos alcance. Subimos a una de las camionetas. Me pidieron identificar la última casa donde nos tuvieron.

Traían equipo de vídeo. Hicieron preguntas que me sacaron de onda. “¿Dónde lo tenían? ¿Y después de aquí a qué parte lo movieron? A ver, dígame cómo estuvo”. La libramos. Estábamos a salvo. A la escena llegó un alto mando de la Secretaría de Seguridad Pública Federal (SSPF). De ahí nos mandaron al cuartel de la PFP en Torreón; desde ahí partimos al aeropuerto y antes de la una de la tarde arribamos a la Ciudad de México.

Para esa hora ya estaba listo el discurso oficial que se daría a los medios nacionales e internacionales. Estuve hasta el 2 de agosto de 2010 en el Distrito Federal. El sindicato me hizo el paro con la estancia. Me fui por tierra hasta Ciudad Juárez y posteriormente pedí el asilo político en Estados Unidos, país que me abrió las puertas, y ha tratado bien a mi familia y me facilitó un empleo en el sistema Univisión. Obtuve mi carta oficial de residencia durante la segunda semana de abril de 2013.

No importa que sea en otro país, sigo haciendo lo que más me gusta en esta vida: traer la cámara al hombro. Nunca más volveré a mi tierra. La seguridad de mi familia estaría en riesgo. No tiene caso. Claro que extraño un chingo. Más todavía porque la región lagunera sigue en el abandono.

Estoy muy agradecido con el gobierno americano, pero eso no significa olvidar que soy mexicano. Aún tengo miedo de retornar a mi país. Un camarada me preguntó hace poco si lo haría. Sin pensarlo mucho le dije que no. En vida no lo creo. Ai’ muere. A Torreón solo muerto regreso. A Torreón solo mis cenizas vuelven.

La tropa del silencio está a la venta en El Astillero Libros en Torreón y el formato digital disponible a través de este link.

José Carlos Nava

(Gómez Palacio, Durango, México, 1972) tiene estudios de Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC), Unidad Torreón. Forma parte de la primera generación de la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE); y cuenta con una Especialidad en Política y Gestión de la Evaluación Educativa por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) México.